
Que la moda no nos marque
Cada cierto tiempo aparecen nuevas palabras, métodos y tendencias que parecen decirnos cómo debemos educar a nuestros hijos. Simples ocurrencias —preferimos referirnos a ellas así— que, en ocasiones, terminan influyendo de manera importante en la sociedad. En medio de tanta información, quizá necesitamos menos recetas y más conocimiento, menos presión y más confianza en nuestro propio criterio.
Algunas de ellas, es cierto, nos aportan ideas interesantes; otras recuperan planteamientos que ya conocíamos y los presentan con un nombre diferente; y muchas terminan convirtiéndose, casi sin darnos cuenta, en tendencias que parece necesario seguir “obligatoriamente”, porque, si no lo haces, corres el riesgo de sentir que estás equivocándote en la educación de tus hijos.
Educar nunca debería depender de modas ni tendencias, ni quedar en manos de quienes parecen tener una respuesta para todo: influencers y similares.
Cuando educar se convierte en seguir tendencias
El modelo de sociedad en el que vivimos nos empuja a recibir información de forma continua e inmediata. A esto se ha añadido, en los últimos tiempos, el enorme crecimiento del uso de la inteligencia artificial, capaz, aparentemente, de responder, explicar y “resolver” casi cualquier cosa en cuestión de segundos.
Recibimos una cantidad inmensa de información sobre cómo criar y educar a nuestros hijos: dónde llevarlos, qué hacer con ellos, cómo hacerlo, cómo tratarles, cómo hablarles, cómo ponerles límites, cómo conseguir que duerman, coman o dejen el pañal y, por supuesto, cómo “acompañarlos”.
“Acompañar” se ha convertido en una de esas palabras que encontramos constantemente cuando se habla de educación y crianza y que, personalmente, no comparto como concepto novedoso. Porque cabe preguntarse: ¿quién no acompaña a sus hijos?
Los acompañamos desde que nacen. Durante los primeros años, desde que se levantan hasta que se acuestan, estamos presentes en prácticamente todos los momentos de su vida. Y seguimos haciéndolo después, aunque nuestra presencia vaya cambiando a medida que crecen.
Por eso, quizá la pregunta no debería ser si sabemos “acompañar” a nuestros hijos. La verdadera pregunta sería si necesitamos que alguien nos enseñe a hacerlo o si necesitamos comprender mejor cómo se desarrollan, qué necesitan en cada momento y cuál es nuestro papel como adultos en su educación. Ahí está, probablemente, la verdadera cuestión.
Y aquello que consideramos un peligro para nuestros hijos también puede serlo para nosotros. Los adultos no dejamos de ser personas vulnerables ante el exceso de información, la presión social y los mensajes que recibimos continuamente.
Redes sociales, libros, vídeos, profesionales, recomendaciones de otras familias… Nunca habíamos tenido tanto conocimiento a nuestro alcance y, probablemente, nunca había sido tan fácil generar tantas dudas e inseguridades en los padres, hasta el punto de llevarlos a preguntarse continuamente si lo están haciendo bien.
Tener más información no significa necesariamente tener más criterio
Y cuando recibimos mensajes constantes, diferentes y muchas veces contradictorios sobre cómo debemos educar, aquello que debería ayudarnos puede terminar consiguiendo justamente lo contrario: hacernos dudar de decisiones absolutamente normales y cuestionarnos permanentemente como padres.
Nos enfrentamos a una incertidumbre permanente:
- ¿Debería estimularle más?
- ¿Tendrá suficientes juguetes educativos?
- ¿Estoy poniendo demasiados límites?
- ¿Debería dejarle decidir?
- ¿Esta rabieta significa algo más?
- ¿Tendría que hacer ya esto o aquello?
- ¿Será malo que se aburra?
Y, en medio de tantas recomendaciones, sugerencias, opiniones, criterios y nuevas teorías, podemos olvidar algo mucho más sencillo: los seres humanos llevamos miles de años creciendo, aprendiendo, educando a nuestros hijos y evolucionando como sociedad.
Por supuesto que hemos avanzado, y mucho. Hoy conocemos mejor el desarrollo infantil, disponemos de más recursos y podemos revisar prácticas educativas que sabemos que no eran adecuadas. Evolucionar es necesario; cuestionarnos permanentemente, no.
¿De verdad debemos asumir que cada nueva tendencia conoce mejor a nuestros hijos que nosotros mismos? ¿Que aquello que hacíamos hasta ayer ha dejado de ser válido porque alguien ha decidido llamarlo de otra manera? ¿Que existe una única forma correcta de educar?
- Aprender y modificar aquello que puede hacerse mejor, sí.
- Educar condicionados por cada nueva corriente, no.
- Nuestros hijos necesitan padres informados, pero también padres capaces de confiar en su propio criterio.
Tiempo, juego y vida cotidiana
Volvamos al niño, que es lo más importante para todos nosotros.
Durante los primeros años de vida, y para ninguno de nosotros esta información es novedosa, un niño necesita descubrir el mundo: tocar, moverse, repetir, observar, probar, equivocarse, ensuciarse, escuchar, esperar, imitar, encontrarse con otros niños y relacionarse con adultos que le proporcionen afecto y seguridad.
Necesita jugar y necesita tiempo para hacer todo eso. Y necesita también tiempo de sus padres. Pero tiempo de verdad, no únicamente ese famoso “tiempo de calidad” del que tanto se habla.
Porque, aunque la calidad del tiempo que compartimos con nuestros hijos es indudablemente importante, la cantidad también lo es. Estar juntos, compartir la cotidianeidad, no hacer nada especial, hacer la compra, preparar la cena, jugar un rato, recoger, salir a pasear o simplemente estar cerca también construye la relación entre padres e hijos.
No todo lo que hace un niño tiene que convertirse en una actividad educativa preparada por un adulto. Una caja puede despertar más curiosidad que un juguete diseñado específicamente para estimular. Trasladar objetos de un recipiente a otro puede mantenerle ocupado durante mucho tiempo. Subir y bajar un pequeño escalón una y otra vez puede responder exactamente a lo que su desarrollo necesita en ese momento.
Para un adulto puede parecer repetitivo. Para un niño, repetir es aprender.
No necesitamos adelantar la infancia
No sabemos muy bien por qué existe cierta tendencia a valorar el desarrollo infantil por aquello que el niño consigue hacer cuanto antes: caminar, hablar, reconocer los colores, contar, dejar el pañal, aprender las letras…
El desarrollo de los niños no es una carrera. Que un niño consiga determinadas habilidades antes que otro no significa necesariamente que esté aprendiendo mejor ni que vaya a desarrollarse mejor. Cada etapa tiene sus propias necesidades, y apresurar constantemente la siguiente puede impedirnos disfrutar y valorar la que está viviendo ahora.
Esta carrera, alimentada en ocasiones por quienes parecen tener respuestas para todo, puede llevarnos a confusión e intervenir innecesariamente en procesos que necesitan, sencillamente, maduración, experiencias y tiempo.
Educar no consiste en preparar continuamente al niño para lo siguiente. Consiste también en permitirle vivir plenamente lo que le corresponde hoy.
Tampoco estamos de acuerdo con que todo necesite una explicación
Los niños pequeños lloran, se enfadan, se frustran, se cansan, se muestran irritables, atraviesan momentos en los que quieren hacerlo todo solos y otros en los que reclaman constantemente al adulto.
Hay días en los que comen fenomenal y otros en los que apenas quieren probar algo. Días en los que entran felices en la escuela y otros en los que les cuesta separarse. Periodos en los que duermen mejor y otros en los que vuelven a despertarse.
El desarrollo infantil no es una línea recta.
Podríamos compararlo incluso con la Bolsa: sube y baja, en ocasiones parece caer en picado, después se estabiliza y vuelve a avanzar. Y esos aparentes retrocesos no significan necesariamente que algo vaya mal.
Conocer cómo se desarrolla un niño nos permite observar con atención cuando algo requiere realmente nuestra atención, pero también nos ayuda a no convertir cada comportamiento cotidiano en un problema que necesita ser corregido, interpretado o etiquetado.
No todo comportamiento esconde una causa que tengamos que descubrir. No todo cambio necesita una intervención. No todo momento difícil indica que exista un problema.
Hay comportamientos que forman parte de crecer, de madurar, de probar, de frustrarse y de aprender a desenvolverse en el mundo.
Y esto no significa restar importancia a aquello que verdaderamente merece nuestra atención. Significa, precisamente, tener suficiente conocimiento y criterio para diferenciar lo que requiere una intervención de lo que forma parte de la normalidad del desarrollo.
Porque, a veces, un niño de dos años se comporta simplemente como un niño de dos años.
Educar también significa poner límites
Otra de las grandes confusiones de nuestro tiempo consiste en identificar el respeto con la ausencia de límites.
Un niño pequeño necesita ser escuchado, pero no puede decidirlo todo:
- Puede elegir entre dos camisetas, pero no decidir si sale de casa sin abrigo cuando hace frío.
- Puede expresar que no quiere recoger, pero eso no significa que no tenga que hacerlo.
- Puede enfadarse porque ha terminado el tiempo de juego y, aun así, el juego tiene que terminar.
Aceptar una emoción no obliga al adulto a modificar una decisión.
Los límites adecuados a la edad aportan seguridad, ayudan al niño a comprender progresivamente cómo funciona el mundo y le permiten aprender algo imprescindible para la vida: no siempre podemos obtener inmediatamente aquello que deseamos.
Podemos decir “no” con cariño. Podemos mantener una decisión aunque provoque enfado. Podemos ser afectuosos y firmes al mismo tiempo.
Menos recetas y más conocimiento sobre el proceso evolutivo del niño.
Cuanto mayor sea nuestro conocimiento, mayor será también nuestra tranquilidad y nuestra capacidad para tomar decisiones educativas con criterio.
Es evidente que no existe una fórmula educativa que funcione exactamente igual con todos los niños y todas las familias. Por eso deberíamos desconfiar un poco de los mensajes que comienzan con “nunca hagas…” o “siempre debes…”.
Hay principios educativos importantes, conocimientos sobre desarrollo infantil y prácticas que sabemos que favorecen el desarrollo y el bienestar de los niños. Pero después existen niños diferentes, familias diferentes, circunstancias diferentes y momentos diferentes.
Educar también significa observar, conocer al niño que tenemos delante y tomar decisiones adultas.
No tenemos que hacerlo todo perfectamente. Necesitamos hacerlo suficientemente bien, revisar cuando nos equivocamos, rectificar cuando sea necesario y continuar.
En la Escuela Infantil Delphos queremos que la infancia siga siendo infancia
Nuestra forma de entender la educación parte precisamente de ahí. Por eso queremos:
- Niños que puedan explorar, jugar, moverse, experimentar, relacionarse y descubrir.
- Niños que encuentren límites cuando los necesiten y libertad cuando puedan ejercerla.
- Niños a los que no tengamos que entretener continuamente.
- Niños que puedan repetir una experiencia muchas veces sin que el adulto tenga prisa por ofrecerles la siguiente.
- Niños que aprendan de la naturaleza, de los objetos cotidianos, de otros niños, de los adultos y de todo aquello que sucede durante un día aparentemente normal.
Porque una comida, un cambio de pañal, recoger los juguetes, ponerse los zapatos, esperar un turno, observar una hormiga o intentar durante diez minutos encajar una pieza también son educación.
Las tendencias seguirán cambiando. Aparecerán nuevos nombres, nuevos materiales, nuevos métodos y nuevas recomendaciones.
Nosotros seguiremos aprendiendo y evolucionando, por supuesto, porque el conocimiento también avanza. Pero procuraremos que la moda no nos marque el camino. Que nos lo marque el conocimiento, la experiencia, el sentido común y, sobre todo, las necesidades reales de los niños.







