
El movimiento, eje conductor de la programación 25-26
Resulta fundamental comprender que la adquisición correcta del movimiento en los niños está íntimamente ligada a su desarrollo cognitivo y, por extensión, a su capacidad de aprendizaje.
No se trata solo de saber cómo se debe mover el cuerpo, sino de cómo el movimiento organiza y estructura el cerebro.
El movimiento es la base de la cognición
El desarrollo infantil es integral. Todas las áreas de desarrollo sin excepción (motora, cognitiva, social y emocional) se desarrollan de forma interconectada, siendo el movimiento un motor fundamental del conocimiento, puesto que, además, es nuestro primer logro: nos movemos, volteamos, reptamos, gateamos, nos ponemos de pie e iniciamos la marcha.
Desde que nace, el niño utiliza sus capacidades motoras y sensoriales para interactuar con el entorno. Al moverse (gatear, caminar, manipular objetos), el niño experimenta el mundo (distancias, pesos, texturas) y crea representaciones mentales de la realidad. Como dijo Jean Piaget, “la acción es el motor del conocimiento”, y, precisamente, a través de la experiencia sensoriomotriz, comenzamos a construir ese conocimiento.
El movimiento se organiza por el Sistema Nervioso Central (SNC). Habilidades como la coordinación, el equilibrio y el control postural, que se desarrollan con el movimiento, son esenciales para el funcionamiento cerebral.
El esfuerzo, el ejercicio físico y el movimiento regular mejoran la irrigación y la plasticidad cerebrales, lo que implica que se mejoran las funciones ejecutivas (atención, memoria de trabajo, control inhibitorio, planificación). Las funciones ejecutivas son la base del razonamiento y el futuro éxito académico.
Antes de hablar, el niño se comunica con sonidos, gestos y posturas (lenguaje corporal), que, en definitiva, dependen del movimiento. Además, el habla depende de un movimiento coordinado y adecuado de la lengua, y la escritura también depende de la coordinación motora fina y de la coordinación ojo-mano.
¿Cómo se adquiere correctamente el movimiento?
La adquisición de las habilidades motoras sigue la siguiente secuencia:
Reflejos primitivos → Movimientos con control voluntario → Habilidades motoras complejas.
Un desarrollo motor correcto implica:
- Integración de reflejos: La desaparición o integración adecuada de los reflejos primitivos (movimientos automáticos e involuntarios de un bebé) es crucial. Si persisten más allá de la edad esperada (se dice que son «retenidos»), pueden interferir con el control postural y los movimientos voluntarios posteriores.
- Control postural y equilibrio: El desarrollo de un control automático del equilibrio (por ejemplo, estar sentado sin esfuerzo o mantener la cabeza estable al moverse) libera recursos cognitivos. Si el cerebro tiene que esforzarse en mantener el equilibrio o la postura, gasta energía que no puede usar en el aprendizaje.
- Coordinación Ojo-Mano y Ojo-Pie: Es la base de muchas de las actividades necesarias para futuros e importantísimos aprendizajes, como son la lectura (seguir un texto) y la escritura.
La importancia de la postura prona (o decúbito prono)
El movimiento libre desde el nacimiento en postura prono, conocida coloquialmente como “boca abajo”, o “Tummy-Time”, facilitará el desarrollo del niño y le permitirá avanzar de forma segura y firme. Se refiere a la posición en la que el cuerpo se encuentra acostado sobre el abdomen, con la cara orientada hacia abajo (ya sea apoyada directamente o girada hacia un lado).
Para los lactantes y bebés, la postura prona es fundamental en el desarrollo infantil. Es esencial para que el bebé fortalezca los músculos del cuello, los hombros, el tronco y la espalda. Este desarrollo es clave para hitos posteriores como el control cefálico (sostener la cabeza), darse la vuelta, sentarse y gatear.
Además, la postura prona previene la plagiocefalia posicional (cabeza plana), que puede ocurrir si el bebé pasa demasiado tiempo acostado boca arriba.
Aunque el tiempo boca abajo es crucial para el desarrollo, las organizaciones de pediatría (como la AAP y la AEP) recomiendan enfáticamente que los bebés duerman siempre en decúbito supino (boca arriba) para reducir el riesgo del Síndrome de Muerte Súbita del Lactante (SMSL).
Cuando la adquisición del movimiento no es correcta, o se presenta un retraso o trastorno motor (como por ejemplo “el Trastorno del Desarrollo de la Coordinación-TDC»), aumenta significativamente la probabilidad de encontrar dificultades de aprendizaje.
Dificultades de aprendizaje cuando la adquisición del movimiento no es correcta
A medio y largo plazo, una adquisición inadecuada del movimiento puede generar dificultades en distintas áreas:
Motricidad fina:
Incluye la pinza digital, la fuerza y el agarre, la prensión y la coordinación óculo-manual. Cuando esta habilidad no está bien desarrollada, pueden aparecer problemas en la escritura y el dibujo: una pinza débil o excesivamente fuerte afecta a la legibilidad, la velocidad y genera fatiga muscular.
Movimiento ocular (coordinación visual):
Si no se alcanza una coordinación adecuada, surgen dificultades para seguir el texto escrito, lo que provoca saltos de líneas o palabras. Esto repercute directamente en la velocidad lectora y, en consecuencia, en la comprensión.
Lateralidad:
Nuestro cuerpo cuenta con órganos duplicados (ojos, manos, pies, hemisferios cerebrales) que deben organizarse para funcionar de manera armónica. La lateralidad implica establecer una preferencia por un lado (derecho o izquierdo), lo cual es esencial para orientarnos en el espacio y en el tiempo.
Una lateralidad mal establecida afecta la organización espacial y temporal, dificultando la construcción de aprendizajes básicos y la organización en la realización de tareas.
Espacialidad y lateralidad:
Su consolidación es clave en el desarrollo. Cuando no se integran correctamente, el sistema nervioso puede verse alterado, generando repercusiones a nivel conductual, emocional y de aprendizaje.
Una organización deficiente del sistema nervioso provoca desequilibrios que afectan la atención y el comportamiento. Esto se traduce en un bajo control de impulsos, dificultad para inhibir movimientos, e incluso en hiperactividad motriz, ya que el cuerpo busca los estímulos que el cerebro no procesa de manera adecuada.
Este desorden interno también repercute en el plano emocional, generando inmadurez: el niño puede mostrar dificultades para manejar la frustración y sus emociones, reaccionando con rabietas o respuestas desproporcionadas para su edad.
Por tanto, la inmadurez en la organización espacial y la lateralidad no solo influye en la lectura y la escritura, sino que impacta profundamente en el desarrollo global del niño: su capacidad de autorregularse, de prestar atención y de controlar sus emociones.
Resumiendo, la correcta adquisición del movimiento en los niños está estrechamente vinculada a su desarrollo cognitivo y, en consecuencia, a su capacidad de aprendizaje. Cuando el cuerpo no se organiza adecuadamente a través del movimiento, el proceso de aprender se ve limitado: los avances se vuelven más lentos, menos significativos y generan fatiga y frustración tanto en el niño como en su entorno.
¡Todos a movernos!



