
¿Poner límites? Sí (Parte 1)
En el siglo XXI, algunos de los modelos educativos existentes pueden resultar, a medio y largo plazo, complicados para la vida familiar y social.
- ¿Por qué? Porque todos sabemos mucho de educación y las modas
- ¿A quién escucho? A tu sentido común. Lo que no te parece que esté bien, no está bien.
- ¡Es que todos opinan! Sí, pero los padres somos nosotros, y los hijos los educaremos conforme a nuestro criterio y no de acuerdo con los criterios de los demás.
- ¡Es que no podemos más! Efectivamente, habéis cedido demasiado y os habéis convertido en el asistente “number one” de vuestro propio hijo.
La ayuda de los profesionales.
Nuestro consejo es que, cuando no sepáis cómo proceder, consultéis con profesionales y dejéis que sean ellos los que os guíen: Psicólogo Clínico Infantil y Psicopedagogo especialista en Atención temprana, preferiblemente con formación Máster.
La evolución de la disciplina: poner límites.
Cuando un niño nace los padres no piensan en la necesidad de plantear ningún tipo de disciplina porque en ese momento lo normal es llenarle de mimos, de cariño y cubrirle todas sus necesidades. Generamos ese necesario vínculo que le proporciona seguridad y confianza al pequeño y estamos muy pendientes de atender esa “necesaria” inmediatez de la demanda del niño.
El niño es pequeño, pero “es un ser inteligente”, por lo que enseguida se percatará de que cuando llora o protesta o chilla consigue la atención del adulto. Entonces es el momento en el que comenzaremos a agobiarnos porque “no nos deja hacer nada”, sólo pide y demanda nuestra atención.
¿Hay que establecer una disciplina en edades tan tempranas? Nuestra opinión es que SÍ hay que establecer una disciplina determinada y unos límites a esa persona tan pequeñita pero que tiene inteligencia, un temperamento que no es moldeable y un carácter que, en este caso, sí se puede moldear.
Disciplina es una palabra que procede del latín “discere” y que significa “aprender”. Las personas tenemos que aprender a desarrollar el autocontrol interno.
Cuando el bebé comienza a gatear y a tocarlo todo, momento en el que puede haber riesgo de accidente, es conveniente establecer unos límites: es el principio de la disciplina.
Durante los tres primeros años de vida los niños tienen poca memoria, por lo que “recuerdan” que los adultos no quieren que eso se toque cuando ellos están presentes, pero cuando no hay vigilancia puede ocurrir cualquier cosa. Cuando haya un niño en silencio, ¡cuidado!
Sin embargo, los niños tan pequeños no distinguen aún el bien del mal, por lo que establecer normas es clave en el día a día.
Las normas que se establecen por los adultos chocan directamente con los propios intereses del niño. Los niños perciben la emoción, si estamos contentos o no. Aunque no reconocen sus emociones, sí son conscientes a su manera de cómo se siente su persona vincular. Si está “enfadada”, el niño suele empatizar, y si está “contenta”, también.
Disciplina positiva.
Educar es muy difícil pero probablemente lo más complicado es inculcar a los niños la disciplina conforme al criterio educativo. Esta forma de dirigir y poner límites a los niños de forma correcta, consensuada, comprensiva y empática es mucho más es conocida como “disciplina positiva”, esto es, enseñar a los niños normas, valores y buen comportamiento a través de un método de respeto a la persona, sin permitir en ningún caso “la tiranía del niño” hacia la o las personas vinculantes. Estas personas redireccionan esos comportamientos de la forma más cercana y cariñosa posible, acercando al niño a la comprensión del problema de acuerdo con su nivel de desarrollo.
Cuando el adulto se percata de que los actos o comportamientos del niño no son adecuados, hay simplemente que cambiar de rumbo y aplicar los cambios con firmeza y flexibilidad, porque los niños son muy flexibles y quizá en 2 o 3 semanas notemos cambios significativos.
Pero, ¿por qué no me obedece? ¡Nunca me hace caso!
Una vez más entramos en el modelo educativo.
Puede que seas de esas personas que continuamente dicen “¡no!” Sin dar explicación ni motivo alguno de “por qué no hay que hacerlo”. El problema es que:
- Se prohíben cosas continuamente (se utiliza siempre lo mismo: “no, no, no…”).
- Se habla a los niños a distancia (por lo que, ni oyen, ni escuchan).
- El niño se da cuenta que ha hecho algo mal porque oye gritos (así que, intentará escabullirse de la escena o se arrinconará o se asustará y se pondrá a llorar).
Para que un niño responda positivamente a lo que no queremos que haga o diga hay que ponerse a su altura, muy cerca, mirarle a la cara, establecer contacto visual y explicar despacio y con palabras adaptadas a su nivel lo que desapruebas de su actitud, diciéndole por qué no te gusta que lo haga o lo diga.
Cogerle de las manos o de los hombros es un gesto comunicativo que le ayudará a acordarse de las normas. Ofrecer una alternativa a lo que no queremos que haga es una opción muy adecuada.
¿Cómo le das las órdenes? ¿Quizá de tres en tres?
Cuando a los niños cercanos a los tres años les mandamos varias cosas a la vez, lo más probable es que no hagan ninguna porque es una secuencia muy larga. ¡Imagina lo que pasa cuando tienen dos o menos!
Cuando comienzan a hacer algo que le has mandado, permítele que acabe, no le metas prisa porque es muy probable que mientras guarda una cosa se encuentre con otro objeto u objetos altamente atractivos, así que momentáneamente se olvidará de recoger. Simplemente, recuérdale: ¿Cómo vas? ¿Has recogido ya? Y el niño continuará la tarea indicada.
¿Quizá es que has dado una orden poco clara? Piénsalo y rectifica. Por ejemplo, si dices: ¡Vamos, recoge, que tenemos que irnos a la bañera! En estos momentos, es muy fácil que el niño piense: ¿Vamos a recoger o vamos a la bañera? Lo más probable es que no vaya a ningún sitio y se entretenga con cualquier otra cosa.
No le des órdenes cuando esté muy metido en el juego. Si aun así quieres que el niño haga algo, rígete por lo que ya hemos comentado antes: acércate, haz contacto visual y ponle una mano en el hombro. ¡Ahora es el momento para pedir!
¿Criticas o felicitas?
No sabemos por qué, pero nos centramos más en lo malo que en lo bueno. Quizá porque es lo que nos incomoda y molesta. Realizar un pequeño examen de conciencia nos producirá una autorregulación necesaria para empezar a hacer las cosas de otra manera.
Si aprovechamos los momentos buenos que tenemos en conjunto para felicitar verbalizándoselo, los niños lo irán interiorizando. De esa manera se le transmiten las normas y valores que queremos en nuestra familia, sin las críticas ni las discusiones que a todos nos alteran.
Debemos confiar en nosotros mismos, en nuestras decisiones meditadas y en las acciones que llevemos a cabo. Tener claro que los que mandamos somos nosotros y no los niños, que los adultos somos nosotros, los que podemos sopesar adecuadamente hasta dónde vamos a consentir las medidas de nuestros hijos. Confiaremos en nuestra propia autoridad y sin que nos den pena porque entonces, si nos arrepentimos de una decisión correcta bien tomada, nos verán débiles y a la siguiente vez los que ganarán serán ellos.
El próximo viernes continuaremos con una nueva entrada sobre «la importancia de poner límites».


