
Frustrarse no traumatiza (1)
Queremos que nuestros hijos estén bien, sean felices y evitarles, siempre que podamos, aquello que les haga sufrir. Es natural. El problema aparece cuando, casi sin darnos cuenta, confundimos protegerles con evitarles cualquier contrariedad, cualquier enfado o cualquier pequeña frustración.
Durante los primeros años van a descubrir muchas veces que lo que quieren, lo que pueden hacer y lo que finalmente sucede no siempre coincide. Y ese descubrimiento también forma parte de crecer.
Porque hay una realidad bastante sencilla que ningún método educativo puede evitar: no siempre podemos tener lo que queremos, hacerlo cuando queremos ni conseguir que las cosas salgan como habíamos imaginado. Y esto empieza a descubrirse muy pronto:
- “No quiero.”
- “Quiero otro.”
- “¡Ahora!”
- “Yo solo.”
- “No nos vamos.”
Y llega el enfado.
A veces pequeño. Otras veces enorme. Llanto, gritos, protesta, enfado con nosotros y, en determinadas edades, un niño completamente desbordado porque aquello que quería que sucediera, sencillamente, no ha sucedido.
Los adultos lo vemos y nuestra reacción natural muchas veces es intentar solucionarlo cuanto antes. Le damos otra oportunidad: Cambiamos la decisión, buscamos una alternativa, le distraemos, negociamos, explicamos, volvemos a explicar, intentamos que deje de llorar, etc. Porque ver frustrado a un hijo no resulta nada agradable.
La frustración forma parte de la vida.
Que algo no nos guste no significa necesariamente que debamos evitarlo. Pongamos algunos ejemplos:
- Un niño quiere seguir jugando, pero tenemos que marcharnos.
- Quiere otro helado, pero ya ha comido uno.
- Quiere el juguete que está utilizando otro niño.
- Quiere ponerse las sandalias, pero fuera está lloviendo.
- Quiere abrir él la puerta, pero alguien se ha adelantado.
- Quiere que la torre no se caiga.
- Quiere que una pieza encaje donde no cabe.
- Quiere hacer algo para lo que todavía no tiene suficiente habilidad.
Son situaciones pequeñas, cotidianas y, desde nuestra perspectiva adulta, poco importantes. Para un niño de uno, dos o tres años pueden ser, en ese momento, un auténtico disgusto.
No tenemos que ridiculizarlo ni decirle que “no pasa nada” simplemente porque a nosotros nos parezca insignificante. Pero tampoco tenemos que convertirlo en algo extraordinario.
Las cosas no siempre suceden como queremos.
Esto nos ocurre a los adultos y les ocurre a los niños. La diferencia es que nosotros llevamos muchos años practicando (con mayor o menor éxito) qué hacer cuando algo no sale como esperábamos.
Un niño pequeño acaba de empezar y no debemos ni tenemos que solucionar todas sus frustraciones:
- Si una pieza no encaja, podemos dejarle probar.
- Si una torre se cae, no tenemos que reconstruirla inmediatamente.
- Si otro niño está utilizando el juguete que quiere, tendrá que esperar.
- Si hemos decidido que hoy no compramos algo, su enfado no obliga a cambiar la decisión.
- Si llega el momento de abandonar el parque, podemos comprender perfectamente que quiera quedarse y, aun así, marcharnos.
Parece muy sencillo cuando lo leemos y prácticamente nunca lo es cuando tenemos delante a nuestro hijo llorando y es ahí, en ese momento cuando aparece una parte importante de nuestra tarea como adultos tener mucha paciencia, comprender lo que está viviendo y ser capaces de soportar también nosotros una pequeña parte de su frustración sin necesitar eliminarla inmediatamente, porque, aunque parezca mentira, la mayor parte de las veces no es el niño quien necesita urgentemente que el problema desaparezca. Somos nosotros quienes necesitamos que deje de llorar, de protestar o de estar enfadado.
Ayudar a un niño no significa conseguir que nunca se frustre.
Significa estar disponibles mientras descubre, poco a poco, que puede sentirse enfadado, decepcionado o contrariado y que, después, ese momento pasa.
Llorar no significa necesariamente que algo vaya mal, y esta quizá sea una de las cuestiones que más nos cuesta a los adultos: Un niño llora y sentimos inmediatamente que tenemos que hacer algo para que deje de hacerlo.
Pero un niño puede llorar y seguir estando perfectamente atendido. No todos los llantos significan lo mismo y, por tanto, no todos necesitan la misma respuesta.
El llanto también comunica.
El llanto de un niño siempre merece nuestra atención. Un niño pequeño puede llorar porque tiene hambre, sueño, dolor, miedo, está incómodo, necesita proximidad o porque algo le ocurre. Especialmente cuanto más pequeño es, el llanto constituye una de sus principales formas de comunicación y debemos atenderlo.
Pero también puede llorar porque quería quedarse cinco minutos más en el parque, porque quería abrir él la puerta, porque hemos guardado un juguete, porque otro niño ha llegado antes al columpio, porque quería el vaso azul y hoy está en el lavavajillas, etc.
La frustración también se pasa
No se trata de evitar que se frustren, sino de permitir que descubran que una frustración llega, se vive y también pasa.
Y cuando esa frustración termina en llanto, aparece una nueva pregunta para los adultos: ¿Atender el llanto significa conseguir que deje de llorar?
Seguiremos hablando de ello en la segunda parte.







