
El peligro de la seguridad absoluta
Bajo la premisa del amor y el cuidado, se ha construido un entorno para nuestros hijos que es, técnicamente, impecable; pero emocionalmente, es un desierto. Se está confundiendo protección con privación. Al eliminar el riesgo físico de la vida de un niño típico, se está eliminando también su gimnasio de resiliencia.
Vivimos en la era de los parques con suelo de caucho, de las rodilleras para gatear y de los parques infantiles donde cada ángulo está redondeado para evitar el más mínimo rasguño.
El ser humano ha evolucionado gracias a su capacidad para gestionar la incertidumbre. El niño nace con lo que los expertos llaman «hambre de riesgo«. No es un deseo suicida, es una curiosidad biológica por medir sus propios límites. Cuando un niño siente el impulso de trepar a un árbol o caminar por el borde de un pequeño muro, su cerebro no está buscando el accidente; está buscando datos. Está aprendiendo sobre la gravedad, sobre la fuerza de su agarre y sobre la distancia.
Si se interviene antes de que el niño lo intente con el clásico: «Bájate de ahí que te vas a caer», no solo se está cortando su movimiento; se está interrumpiendo un cálculo neurofisiológico esencial. Se le facilita información diciendo que sus sentidos no son fiables y que el mundo es un lugar intrínsecamente hostil que no puede gestionar por sí solo.
Existe una conexión invisible pero robusta entre el cuerpo y la mente. El riesgo controlado en la infancia es el entrenamiento para los desafíos de la vida adulta. Si un niño no tiene la oportunidad de caerse de un columpio, sentir el dolor de una rodilla raspada y de descubrir que él mismo puede levantarse, le estamos robando una lección de autogestión: del columpio al fracaso emocional.
La resiliencia no se aprende en los libros, se siente en el cuerpo. Un niño que nunca ha lidiado con el miedo a una altura pequeña o con la frustración de un salto fallido, llegará a la adolescencia sin herramientas para gestionar el rechazo social, la presión del grupo o un fracaso académico.
Si no sabe cómo gestionar una caída física, ¿cómo esperamos que gestione una caída emocional a los quince años?
La sobreprotección está creando lo que llamamos «entornos estériles» esos lugares donde no pasa nada, pero donde tampoco crece nada. En cambio, un entorno fértil es aquel que ofrece riesgos calculados.
El papel del adulto no debería ser el de un guardaespaldas que elimina cualquier obstáculo, sino el de un observador atento que garantiza que el riesgo no se convierta en un peligro real. Hay una diferencia vital entre el peligro y correr riesgo.
- El peligro: Es algo que el niño no puede ver o gestionar (un enchufe, un coche pasando a toda velocidad).
- El riesgo: Es un desafío que el niño decide afrontar porque se siente capaz, aunque exista la posibilidad de fallar.
Desde la experiencia, debemos permitir que los hijos experimenten el vértigo, que sientan el esfuerzo de la escalada y que, ocasionalmente, prueben el sabor de la tierra tras una caída. Es en esa milésima de segundo en la que el niño se mira las manos tras tropezar y decide seguir jugando donde se está forjando su carácter.
No se podrá evitar que el mundo les golpee más adelante, pero sí podemos permitir que hoy aprendan a medir sus fuerzas. Al final, educar no es evitarles la caída, sino darles la confianza suficiente para que sepan que son capaces de ponerse en pie por sí mismos.
No sostengas tan fuerte al niño que le impidas aprender a equilibrarse. Cuanto más protegemos a los niños del riesgo físico, más patologías de ansiedad llegan a los servicios de salud mental. El niño necesita sentirse capaz en el plano físico para sentirse seguro en el plano psicológico.
Como adultos, debemos enseñar desde la propuesta, no desde la prohibición.







