
El arte de “no hacer”
En la sociedad del siglo XXI “todo se les hace a los niños”, o al menos en gran medida. Para reflexionar, hagamos un pequeño ejercicio de conciencia: ¿qué cosas no hago yo por mi hijo?
¿Estamos preparados para dar espacio y permitir que el niño haga por sí mismo? La experiencia nos muestra que, en la mayoría de los casos, la respuesta es “no”. Interferimos constantemente porque pensamos que dejar al niño actuar puede ser arriesgado, aunque no lo es tanto como creemos.
Cuando al niño se le permite “ser niño”, aflora su verdadera esencia: un niño feliz. Esto no significa dejarle hacer todo lo que quiera, sino permitirle explorar, correr, saltar, tocar, oler, hablar sin parar, gritar, mancharse, mojarse, e incluso, a veces, romper algo.
Con frecuencia, actividades tan naturales y positivas como estas se interrumpen simplemente porque no resultan socialmente correctas o porque incomodan al adulto. El niño es censurado por acciones que son inofensivas para él, pero molestas para quienes lo rodean. Así, poco a poco, se va apagando esa cualidad maravillosa y profundamente humana que es la alegría.
Si limitamos constantemente al niño, reducimos su capacidad de expandirse y jugar con libertad. Con el tiempo, perderá espontaneidad y seguridad en sí mismo, se sentirá restringido y dudará de su propia capacidad: ¿puedo o no puedo? En definitiva, dejará de ser él mismo.
Un conocimiento prestado es una barrera
Os animamos a educar para la autonomía. Que el niño pueda servirse agua cuando tenga sed, buscar su chaqueta si siente frío, aunque al hacerlo desordene un cajón, que se equivoque, que intente, que aprenda de la experiencia. Si hacemos todo por él, cortamos su iniciativa y lo sobreprotegemos, lo que traerá consecuencias negativas a medio y largo plazo.
Nuestro miedo a que les suceda algo nos lleva a adelantarles experiencias, privándolos de vivirlas en primera persona. Como decía Buda: “un conocimiento prestado es una barrera”.
Los sabios aconsejan no intervenir en las acciones de un niño salvo que exista un peligro real. “No toques”, “no hagas”, “no digas” … Si no explora ni se equivoca, no aprenderá de sus errores, sino a través de lo que otros le transmitan. Ese saber no será propio, sino condicionado.
Los niños necesitan todo tipo de oportunidades: equivocarse, enfrentarse a lo que les da miedo, convivir con distintas personas y realidades. Solo así podrán conocer diferentes formas de hacer y de ser, y elegir con libertad.
Educar en libertad significa formar personas autónomas, capaces de tomar decisiones responsables, respetando siempre la libertad de los demás.


