
Día del Libro Infantil y Juvenil
Mi cuento de gelatina
En una pequeña biblioteca escondida entre las montañas vivía un libro muy especial: “Mi cuento de gelatina”. Un día un niño lo descubrió.
No era un libro cualquiera, sus páginas eran tan blanditas y brillantes como la gelatina de fresa. Se escurría de las manos y, al pasar las hojas, éstas desprendían un aroma dulce y delicioso.
El niño vio que este libro tan blandito sólo tenía imágenes y que, además, se podía comer. Cada vez que se mordía un piquito de la hoja: ¡Pummm! La escena pintada cobraba vida al contacto con la lengua.
- Con el primer piquito el niño exclamó: “¡Uhmmm! ¡Tengo un bosque de gominolas!”.
- Comió el segundo piquito y dijo: “¡Guauuu! ¡Siento un río de chocolate caliente!”.
- Cuando comió el tercer piquito, el niño, emocionado, gritó: “¡Lereleee! ¡Mi lengua sabe a galleta!”.
Y así, siguió con todas las esquinitas.
De repente, el niño pensó: “Me encantaría comerme todo el cuento, no sólo las esquinitas, pero si me como todo el cuento de gelatina, ¡desaparecerá!
Así que, con mucho cuidado, cogió el cuento y regresó a la estantería. Colocó aquel libro blandito y con un olor maravilloso en el lugar donde lo había encontrado. El libro permaneció allí, en aquella pequeña biblioteca escondida entre las montañas, durante mucho tiempo. Parecía el mismo, pero no, en realidad no lo era. En su portada aparecía el siguiente título: “Mi cuento de gelatina sin esquinitas de sabor”.
Y colorín colorado, el “Cuento de la gelatina”, se ha acabado.


