
Día del Croissant
Un buen croissant —de los auténticos— merece su propio momento. Una de esas meriendas “de antes” que hoy hemos reeditado con equilibrio, sentido común… y mantequilla.
La merienda como una de las comidas del día tiene raíces bastante antiguas, aunque su función ha ido cambiando según la cultura, el ritmo de vida y, por supuesto, según lo que hubiera en la despensa. Tal y como la entendemos ahora, se afianzó con la escolarización y la vida urbana… y con ese instante mágico de salir del cole preguntándose: “¿Qué habrá hoy para merendar?”
A lo largo del siglo XX, la merienda quedó en España como una pausa casi obligatoria entre el almuerzo (hacia las 14:00) y la cena (alrededor de las 20:00). Lo normal era algo sencillo: pan con aceite o chocolate, fruta, leche o yogur.
Con el tiempo, la globalización y la industria alimentaria trajeron galletas, bollería, embutidos y otros productos procesados. Y, aun así, aquellos niños crecieron, jugaron, aprendieron y se desarrollaron. Probablemente porque la dieta mediterránea seguía siendo la base del día a día… y porque entonces nadie analizaba cada bocado con lupa ni con hashtags.
Lo positivo es que hoy disponemos de mucha más información gracias a la ciencia y la divulgación, lo que ha ayudado a muchas familias a mejorar la alimentación de sus hijos. Pero cuidado: los extremos tampoco son buenos compañeros de mesa. Prohibir alimentos de forma rotunda puede generar ansiedad o una relación poco saludable con la comida, sobre todo en los más pequeños. Ahí es donde aparece el famoso “capricho”: ese que no solo está permitido, sino que resulta necesario para construir una relación relajada y sana con la comida.
Y sí, nosotros defendemos que un croissant bien hecho, con mantequilla de verdad y sin prisas, debe disfrutarse de vez en cuando. No cada día, pero tampoco como si fuera un pecado mortal. Un croissant, un trozo de chocolate o una merienda especial pueden convivir sin problema con una dieta equilibrada.
Al final, la clave está en el equilibrio: sentido común, disfrute y cero culpabilidades. Enseñar a los niños que la comida nutre, sí, pero que también puede ser un placer hará que aprendan no solo a comer bien, sino a disfrutarlo durante toda la vida… y a celebrar el Día del Croissant como merece ser celebrado.
Un croissant pequeñito, vivía en un baulito,
soñaba con ser merienda y alegrar algún ratito.
Crujiente por fuera, tierno por dentro,
su misión era que, felices y contentos, disfrutemos del momento.


