
¿A qué es comparable la dulzura de un niño?
En Navidad, época de luz, magia y momentos especiales, hay algo destaca de manera especial en todas las celebraciones: la dulzura. Y con dulzura no nos referimos solamente a la de los postres y delicias tradicionales, sino también a la de los niños, cuyas manifestaciones de alegría e inocencia se multiplican en estas fechas. Y es que, existe una enorme conexión entre la dulzura de un niño y los dulces típicos de Navidad.
No hay nada más dulce que la sonrisa de un niño en Navidad.
Sus ojos brillan con la emoción de esperar los regalos de los reyes o de Papá Noel, con la alegría de ver el árbol adornado de luces, con la visita de los familiares más queridos, con las preparaciones especiales de las comidas y cenas… Las risas de los niños son, precisamente, el sonido más agradable de las reuniones familiares y su entusiasmo es como una chispa que enciende la Navidad.
Los dulces típicos de Navidad: dulces tradiciones.
Los dulces navideños tienen algo mágico, no hay casa en la que no encontremos una bandeja repleta de ellos con la que obsequiar a nuestros invitados. Esta tradición se mantiene no sólo por este motivo, sino porque también nos evoca recuerdos de la infancia, de momentos compartidos, de celebraciones familiares con nuestros abuelos, nuestros primos y nuestros tíos.
¿Qué comparten la dulzura de un niño y los dulces típicos de Navidad?
La dulzura de un niño y los dulces navideños tienen mucho en común: ambos nos llenan de una sensación cálida y reconfortante. La cara de felicidad de un niño cuando come un trozo de turrón refleja la misma emoción que cuando su rostro se ilumina con una sonrisa. La ingenuidad de un niño, su capacidad de asombrarse con cada detalle de la Navidad, es tan pura como el sabor de un mazapán recién hecho.
Y lo mismo con el resto de dulces típicos de la época: los polvorones, los mantecados, las galletas de navidad, la fruta escarchada y, cómo no, el roscón de reyes. La dulzura de un niño y los dulces navideños, ambos a su manera, nos invitan a disfrutar de la vida, a detenernos a saborear los momentos y, sobre todo, a compartir lo mejor de nosotros con quienes nos rodean.
Hagamos de la Navidad un momento en el que disfrutar de la dulzura de los pequeños momentos con nuestros hijos y de los dulces navideños que compartimos con toda la familia, porque, al fin y al cabo, eso es lo que hace que la Navidad sea verdaderamente especial.


