
¿Estamos preguntando demasiado a los niños?
– ¿Quieres ir a bañarte? – No, no quiero.
– Venga, cariño, que hay que bañarse. – No, no quiero.
– Por favor, necesito que vengas a bañarte…
La escena resulta bastante familiar y, si nos paramos a pensar, también un poco curiosa: hemos hecho una pregunta cuya respuesta realmente no podíamos aceptar.
Entonces, ¿por qué hacemos preguntas de este estilo?
- “¿Quieres recoger?”
- “¿Nos vamos a casa?”
- “¿Quieres ponerte el abrigo?”
- “¿Quieres ir a dormir?”
- “¿Quieres ir a la escuela?”
- “¿Te sientas para comer?”
Naturalmente, un niño pequeño puede contestarnos que no.
El problema es que, en muchas de estas situaciones, el “no” no cambia lo que va a suceder después. Tendrá que ponerse el abrigo si hace frío, llegará el momento de dormir, habrá que recoger, tendrá que sentarse en su silla para viajar en coche y, por supuesto, tendrá que ir a la escuela, aunque preferiría quedarse con papá o mamá.
Durante los últimos años hemos aprendido a escuchar más a los niños, a tener en cuenta sus preferencias y a ofrecerles oportunidades para elegir. Y esto es positivo, pero, como ocurre tantas veces, podemos llevar una buena idea demasiado lejos.
¿Qué significa realmente escuchar a un niño?
Escuchar a un niño no significa preguntarle continuamente qué quiere hacer. Tener en cuenta sus preferencias tampoco significa que todas las decisiones familiares tengan que pasar por su aprobación.
Un niño pequeño necesita oportunidades para elegir, pero necesita igualmente algo que durante estos primeros años resulta fundamental: adultos capaces de tomar decisiones por él cuando todavía no le corresponde tomarlas.
Debemos preguntar solo cuando realmente puedan elegir. Lo que sí podemos ofrecer son pequeñas decisiones adecuadas a su edad:
- “¿Quieres el vaso azul o el verde?”
- “¿Prefieres este cuento o este otro?”
- “¿Quieres llevar el muñeco o el coche?”
- “¿Te pones primero los zapatos o el abrigo?”
Aquí cualquiera de las dos respuestas es posible. Estamos preguntando de verdad.
La elección es pequeña, comprensible y el niño puede comprobar que aquello que decide tiene una consecuencia real. Muy diferente es preguntar: “¿Quieres irte ya del parque?” cuando sabemos que tenemos que marcharnos o, “¿Quieres ponerte el pijama?” cuando ha llegado la hora de dormir.
Cuando el «no» no nos sirve
Si no podemos aceptar un “no” como respuesta, quizá no deberíamos formularlo como una pregunta, podemos decir sencillamente:
- “Es hora de irnos”
- “Vamos a ponernos el pijama”
- “Ahora toca recoger”
- “Nos ponemos el abrigo y salimos”
No estamos siendo menos cariñosos ni estamos dejando de escuchar al niño. Estamos comunicándole con claridad lo que va a suceder.
Un niño de dos años no necesita dirigir la organización familiar
Durante los primeros años el niño está empezando a descubrir que tiene voluntad propia y la descubre con mucho entusiasmo. Quiere hacer cosas solo, elegir, decidir, probar hasta dónde puede llegar y, por supuesto, decir “no”.
Ese “no” forma parte de su desarrollo y es importante que pueda utilizarlo. Pero que pueda expresar lo que quiere no significa que siempre podamos hacer lo que quiere.
Los adultos disponemos de información que el niño todavía no tiene. Sabemos que hay horarios, que mañana hay que levantarse, que hace frío, que determinados alimentos no pueden constituir toda su dieta, que hay lugares a los que debemos ir, que existen normas de seguridad y que otras personas también tienen necesidades.
Un niño pequeño no puede, ni necesita, asumir esa responsabilidad. Hay decisiones que corresponden al niño y decisiones que corresponden al adulto. Distinguir unas de otras puede evitar muchas discusiones innecesarias y demasiadas opciones también pueden complicar mucho las cosas.
Cuando el exceso de opciones complica las cosas
A veces, intentando favorecer su capacidad para decidir, ofrecemos tantas posibilidades que terminamos haciendo más difícil una situación que podría haber sido sencilla:
- “¿Qué quieres desayunar?”
- “¿Qué ropa quieres ponerte?”
- “¿Qué quieres llevar?”
- “¿Dónde quieres sentarte?”
- “¿Qué quieres hacer ahora?”
Para nosotros son preguntas sencillas. Para un niño de dos años pueden suponer elegir entre demasiadas posibilidades que todavía no es capaz de manejar con facilidad. Podemos simplificar: dos opciones suelen ser suficientes cuando realmente queremos que elija.
- No necesita decidir entre todo su armario. Puede elegir entre dos camisetas.
- No necesita revisar todos los cuentos de la estantería. Podemos ofrecerle dos.
- No necesita decidir continuamente qué hacemos después. Hay momentos en los que sencillamente el adulto organiza el día.
Escuchar no significa obedecer
Y quizá aquí esté una de las diferencias más importantes.
- Podemos escuchar: “No quiero irme del parque.”
- Y responder: “Ya sé que quieres quedarte, lo estás pasando fenomenal. Pero tenemos que irnos.”
El niño puede enfadarse, puede protestar, puede incluso llorar, y ninguna de esas reacciones, significa necesariamente que nuestra decisión haya sido incorrecta.
Podemos entender perfectamente que algo no le guste sin modificar por ello aquello que hemos decidido.
Esto también es aprendizaje: descubrir progresivamente que podemos expresar lo que queremos, que los demás pueden escucharnos y que, aun así, no siempre ocurre exactamente lo que deseamos.
Que preguntemos menos no significa que los escuchemos menos. Quizá deberíamos reservar las preguntas para cuando realmente haya una respuesta posible:
- Preguntar cuando queramos conocer su opinión.
- Preguntar cuando pueda elegir.
- Preguntar cuando estemos dispuestos a aceptar la respuesta.
Pero cuando corresponda al adulto decidir, hablar con claridad.
Los niños necesitan tener voz dentro de la familia y de la escuela, pero también necesitan adultos que organicen, anticipen, decidan y proporcionen seguridad.
No tenemos que pedir permiso a un niño pequeño para ejercer las responsabilidades que nos corresponden como adultos.
Para finalizar, podemos escucharle, tener en cuenta lo que quiere, permitirle elegir muchas cosas y respetar que una decisión nuestra pueda no gustarle porque el niño tiene que aprender decidir, pero aprender que no todo se puede decidir también lo es.







