
¡Siempre serás el primero!
Hoy nos hemos tenido que despedir de Hunter. Mi compañero, mi amigo, mi Braco de Weimar. El que me acompañó en tantos paseos por el campo, el que se tumbaba en mi cama como si fuera el dueño de ella, y el que siempre conseguía que le diéramos una pata de pollo.
Hunter era especial, no sólo por lo noble y cariñoso que era, sino porque tenía una forma increíble de comunicarse con nosotros. Llorón como pocos, siempre sabía hacerse entender. Tenía su propio lenguaje: con una mirada, un ladrido o un simple gesto te decía lo que sentía.
Era de esos perros que te miran con el alma. Cuando te notaba triste se acercaba en silencio, apoyaba la cabeza en tus piernas y parecía decirte “Estoy aquí”. Así era Hunter: puro corazón, pura compañía.
También fue un guardián de verdad. Nadie pasaba por casa sin que él lo supiera. Pero no lo hacía por miedo o agresividad, sino por amor, por ese instinto protector que tenía hacia nosotros. Cuidaba su hogar, cuidaba de nosotros, y siempre estaba alerta, vigilando que todo estuviera bien. Era nuestro vigilante silencioso, nuestro guardián fiel.
Y más allá de todo eso, Hunter fue un perro de terapia increíble. En la escuela de mi madre ayudó a muchos niños, sacándoles sonrisas, dándoles calma, cariño y confianza sin pedir nada a cambio. Tenía ese don que pocos tienen: el de sanar con su presencia. Con solo estar, transformaba el ambiente. Fue un compañero para esos niños y una ayuda enorme para todos.
Hoy se va físicamente, pero deja un hueco eterno lleno de amor, recuerdos y gratitud. Sé que ahora está tranquilo, libre de dolor, corriendo por algún campo inmenso en el cielo, lleno de sol y de paz. Y me gusta pensar que allí los esperan Thor y Athos, listos para recibirlo.
Gracias por haber sido parte de mi vida, Hunter. Por cada paseo, por cada rato, por cada mirada y por todo el amor que nos diste sin medida.
Te voy a echar muchísimo de menos, pero me quedo con todo lo bonito que dejaste aquí.
Hasta siempre, compañero. Gracias, por tanto. (Alfonso S.G.)


