
¿Qué se consigue con la gestión de la frustración?
«Es una locura odiar todas las rosas sólo porque una te pinchó» (El Principito de Antoine de Saint-Exupéry).
Esta frase tiene una trascendencia muy seria. A los niños hay que enseñarlos a frustrarse y para eso necesitamos “frustrarlos”.
Lo mismo piensas, “¿Cómo nos aconsejas eso?”. Sí, la frustración es algo que hay que enseñar a nuestros hijos porque no todo lo malo que nos pasa es tan malo como puede parecer en un principio.
La ausencia de frustración, evitar situaciones que permitan que el niño aprenda a frustrase, causará numerosos problemas a lo largo de la vida porque, en definitiva, ese malestar nos va a enseñar cosas de nosotros mismos que nos permitirán desarrollar capacidades necesarias para adaptarnos.
Los niños tienen que aprender a gestionar la frustración, un sentimiento muy frecuente en estas edades tan tempranas por el propio proceso evolutivo, porque la frustración nos acompañará a lo largo de toda la vida, así que tenemos que generar capacidades que nos ayuden a enfrentarnos y a crecer ante la adversidad y esto se consigue si hemos aprendido a tolerar y gestionar la frustración desde pequeños.
El equilibrio que consiga la persona entre su mundo interior y el mundo exterior se va a ver favorecido por la capacidad de frustración que tengamos.
Frustrar (por ejemplo, decir “No” a un niño) no es traumatizar a un niño. La frustración enseña límites, hasta dónde puedo llegar y hasta dónde no.
La frustración es una emoción negativa que bien gestionada llevará al niño a ser capaz de comprender a los demás, los límites que tiene y a desarrollar la empatía.


