
¿Poner límites? Sí (Parte 3)
Seguimos con una nueva entrega sobre la conveniencia de que los niños tengan unos límites a la hora de actuar y, además, que se pongan de acuerdo con nuestros criterios, no los de los demás.
Todos, absolutamente todos, grandes, medianos y pequeños, nos portamos mal en algún momento. ¿Cuál es la diferencia, entonces? Que los grandes y medianos ya tenemos conciencia de lo que está bien y de lo que está mal o, por decirlo de otra manera, de lo que no es correcto socialmente hablando.
Dicen que de los errores se aprende, pero también se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Entonces, ¿debo tener paciencia y reflexionar ante los comportamientos incómodos y repetitivos de mi pequeño? La respuesta es “¡Por supuesto!”.
Las conductas asociales que a veces muestran nuestros hijos no sólo perjudican a los niños, si no que realmente los perjudicados somos los padres, porque enseguida tenemos muchos jueces a nuestro alrededor que, por otra parte, no conocen la situación, no conocen al niño y, por supuesto, no nos conocen a nosotros, pero que, a pesar de todo, nos juzgan, porque el atrevimiento humano es enorme. Juzgar por juzgar.
Ante estas situaciones lo mejor es prepararse y estudiar la mejor estrategia posible para enfrentarnos a esta complicadísima sociedad en la que se cree que el respeto al niño es dejarle hacer lo que le plazca en cada momento.
Repasemos esos momentos en los que nuestros hijos pueden resultar verdaderamente incómodos: se enrabieta a menudo, la inmediatez le pierde, come por norma fatal, no juega con otros niños si no que arrasa con ellos, se porta fatal con las visitas, etc.
Los padres podemos perder la esperanza y pensar que estos comportamientos se van a quedar ahí para siempre, pero, sin embargo, utilizando estrategias sencillas se podrá ir orientando progresivamente la conducta del niño hacia comportamientos más aceptables.
Las conductas, tanto las imposibles como las buenas, son respuestas, formas de actuar ante un estímulo concreto.
Tendemos a repetir las conductas que nos han supuesto algo positivo, y los niños también lo hacen. Cuando descubren que con un determinado comportamiento consiguen algo que les interesa lo repetirán más y más, y cada vez con mayor intensidad e inmediatez.
Por ejemplo, el niño juega mucho con un objeto que es su preferido, pero, sin embargo, evita hacer aquello con lo que no ha tenido una buena experiencia o simplemente no ha obtenido nada. Con esto queremos decir que la base para modificar un comportamiento es poder controlar las consecuencias.
A partir de ahora, hablaremos de comportamiento, no de conducta, ya que esta palabra es más indicada para las personas jóvenes y adultas o, en todo caso, niños más mayores.
Lo que vamos a exponer ahora no es nada fácil de llevarlo a cabo pero, igual que queremos que los niños mejoren, también tenemos que hacerlo nosotros ya que el cambio en la forma de actuar debe ser, en primer lugar, en el adulto.
Corregir sólo si es necesario
Antes de corregir al pequeño tenemos que pensar si es necesario hacerlo. Hay que sopesar si es un comportamiento propio de la edad que a mí me está molestando pero que tengo que entender o, realmente, es algo que no puede ser tolerado porque se produce en un grado que podemos calificar de excesivo.
Por el propio proceso evolutivo hay muchos comportamientos que son normales: llorar si ven a un extraño, no compartir su juguete, tirarse a morder en un momento enfado, rabietas incontroladas, etc. En estos casos, que son consecuencia de la propia inmadurez del cerebro, hay que dejar que el proceso evolutivo siga su curso sin interferir en él porque en todas estas situaciones que nos incomodan son la prueba de que el niño está madurando y adaptándose a su entorno.
Si esa forma de actuar, por tanto, es propia de la edad, no intervengamos. Si no mostramos interés y damos la sensación de que no nos importa, el niño la acabará abandonando espontáneamente a medida que madure.
Cuando queremos ayudar a un pequeño a modificar un comportamiento no podemos quedarnos sólo ahí, sino que tenemos que ir más allá, tenemos que trabajar para instaurar buenos hábitos, como por ejemplo ayudar en casa o superar rasgos de su forma de ser, como la timidez o la tendencia a aislarse.
Cuando un niño nos genera conflictos lo primero que hay que hacer es planificar el “cómo lo vamos a hacer” y, si es necesario, pedir ayuda a profesionales especializados en comportamiento infantil.
Lo primero que hay que saber es “qué objetivo u objetivos queremos conseguir”, lo que implica definir el problema o problemas concretos con los que nos encontramos.
Podemos comenzar por anotar las veces que se produce ese comportamiento que nos incomoda. Quizá es bastante menos grave de lo que inicialmente pensamos porque no se repite con tanta frecuencia como creíamos. Con ello estamos realizando un conteo, es decir, midiendo las veces que se produce.
Por ejemplo, podemos tener la sensación de que nunca nos obedece, pero, cuando hacemos una observación consciente durante unos días, podemos llegar a la conclusión de que era una solamente una apreciación, porque el niño es verdad que “algunas” veces no obedece o nos ignora, pero otras muchas, sí.
Es más fácil trabajar objetivos concretos y materiales que no globales, que siempre resultan más abstractos. Es más fácil conseguir que un niño recoja sus juguetes o se vaya a la cama sin protestar que lograr que obedezca siempre y en todas las situaciones, porque éste es un objetivo muy global y los otros son objetivos son más concretos y fáciles.
Los niños aprenden mejor pasito a pasito, por lo que es importantísimo comenzar a trabajar con ellos desde que son muy pequeños. De esta forma tendremos más garantía de que en el futuro tengan comportamientos más adecuados a lo que nosotros queremos: conseguir un buen comportamiento social.
Establecido el objetivo, se lo comunicamos al niño: “Cuando suene el reloj debes ir a la cama a descansar”.
Para lograr el objetivo, se puede pactar con el niño (no pasa nada), pero sin admitir el chantaje típico. Hay diferencia entre pactar un premio y acceder a un chantaje. El premio se gestiona o se pacta antes con tranquilidad y el chantaje es una “negociación” que se hace justo en el momento que el niño se está portando mal.
Por otra parte, para lograr el objetivo es imprescindible que, si es el caso, padre y madre, actúen exactamente de la misma manera para no confundir al niño y no producirle la sensación de que “con mi madre sí, pero con mi padre no”, o al revés.
Y, además, recompensar (aunque sea con una palabra) todo lo que se quiere fomentar, e ignorar todo aquello que queremos que desaparezca, todas esas actitudes inadecuadas.
El castigo en la educación.
Evidentemente, el castigo es un método que, afortunadamente, cada vez es menos utilizado en nuestra sociedad, aunque para algunas corrientes, como la psicología conductual, funciona. Si queremos reducir o potenciar una conducta a través de ese “condicionamiento”, sólo funcionara si se ejecuta sin ira y sin enfados y, por supuesto, dando un aviso previo al niño, dos como mucho. Siempre hay que cumplir lo que se advierte (“Este coche ahora me lo quedo yo”). Para que se pueda cumplir debe ser muy fácil para los padres y para el niño, porque todos sabemos que un niño nos rompe el corazón, pero la falta de límites y un mal comportamiento nos lo puede partir más adelante, y entonces controlarlo será muchísimo más complicado, incluso puede írsenos de las manos.
«El castigo no nos funciona».
Son muchos los padres que manifiestan: ¡No nos funciona castigarle! Efectivamente, cuando las familias se encuentran con este problema es porque el niño asume ya el castigo, fijándose aún más su conducta problemática, porque se ve incapaz de actuar correctamente, lo que afecta negativamente, y mucho, a su autoestima.
El castigo lo que puede provocar también es una respuesta de evitación más que un aprendizaje de lo que es correcto. Es decir, con el “castigo” el niño se mueve sólo por las consecuencias que ha sufrido, sin entender por qué su conducta está bien o está mal, solamente sabe que tienen ciertas consecuencias si realizan determinadas conductas.
Por ejemplo, cuando hay una visita y se porta mal, porque en definitiva lo que quiere es llamar la atención, podemos actuar así: cógele un poquito, dale dos besos y dile al oído “¿te vas a jugar?”. Esto es, se le debe llamar la atención de forma firme pero cariñosa, y el niño lo entenderá mucho mejor que con una voz o un mal gesto.
Para evitar un comportamiento es necesario hacer un refuerzo de la conducta opuesta. Por ejemplo, si se le ha reprendido por pegar a su hermano, cuando veamos que juegan juntos, sin conflictos, hay que felicitarle siempre.
Hay algo que siempre funciona y es conseguir que el niño sea consciente de las consecuencias de sus actos: si tira un plato al suelo, nos tranquilizamos, esperamos un poquito y que nos ayude a recogerlo, exactamente igual que si rompe alguna otra cosa con malas pulgas.
Una regañina controlada tendrá éxito, pero nunca los gritos y las amenazas. Ya hemos comentado más veces que unos padres que gritan a sus hijos pierden de inmediato la autoridad y los niños aprenderán a gritar.
Cuando un niño grita, se enrabieta, chilla e, incluso, se pone agresivo, lo mejor es dar tiempo y esperar. Ignorarle y esperar a que se tranquilice y, cuando se haya calmado, preguntarle qué es lo que quiere. Si el niño responde sereno y sin llorar, entonces dadle lo que pide porque se dará cuenta que cuando se piden las cosas bien hay más probabilidad de éxito.
Es un error acceder a lo que un niño no pida solamente porque su llanto nos ponga especialmente nerviosos, porque de esa forma estaremos fomentando su mal comportamiento.
Tened presente que:
- No se trata de cambiar al niño, sino de modificar una conducta determinada.
- Se abordarán los problemas de uno en uno. Para eso es bueno hacer una lista de actitudes que no nos gustan y trabajar de la más importante a la menos importante. Sólo queremos ayudarle a cambiar y mejorar.
- Exigid, pero con flexibilidad, y tened presente que cada paso cuesta, por lo que puede reincidir con mucha probabilidad.
- Sed consecuentes y muy constantes. Cumplid siempre lo que le digáis al niño.
- También, y muy útil, hay que ser positivos y tomarse los problemas con humor. El niño es muy pequeño y su inmadurez no le ayuda. Vamos a darle un tiempo.
Continuará…


