
Moverse, caer y volver a intentarlo: el desarrollo motor en los primeros años
Durante los primeros años de vida, el movimiento es una parte esencial del crecimiento de los niños. Gatear, levantarse, correr, subir y bajar, caerse… y volver a intentarlo forman parte de un proceso natural de descubrimiento del propio cuerpo y del entorno.
En estas edades, entre 1 y 3 años, es frecuente observar movimientos aún poco precisos o algo desordenados. A veces los niños parecen torpes al correr, se caen con facilidad o tienen dificultades para coordinar distintas partes del cuerpo. Esto forma parte del aprendizaje motor y, en la mayoría de los casos, es completamente normal.
Sin embargo, cada niño tiene su propio ritmo de desarrollo. Mientras algunos adquieren determinadas habilidades rápidamente, otros necesitan más tiempo para consolidarlas. Por eso es importante observar con atención cómo evoluciona cada pequeño.
Podemos encontrar dos situaciones diferentes:
- Niños que desarrollaban bien sus habilidades motoras y muestran una ralentización
Algunos niños comienzan a adquirir habilidades motrices de forma adecuada, pero en algún momento parece que su progreso se ralentiza. Puede ocurrir, por ejemplo, que les cueste más ganar seguridad al caminar, correr, saltar o coordinar movimientos que antes estaban comenzando a aparecer.
Esta situación puede estar relacionada con diferentes factores. En primer lugar, siempre es importante descartar posibles causas físicas o fisiológicas. Pero también pueden influir otros aspectos del desarrollo:
- Pocas oportunidades de movimiento libre o exploración motriz.
- Dificultades en la coordinación, el equilibrio o la planificación del movimiento.
- Sensibilidades sensoriales que generan inseguridad ante ciertos movimientos o actividades (Hipersensibilidad o hiposensibilidad sensorial).
- Factores emocionales, como el miedo a caerse después de alguna experiencia previa o periodos en los que una enfermedad ha limitado el movimiento.
La observación continuada permite distinguir entre fases transitorias y situaciones que requieren ajuste de las propuestas motrices para favorecer la confianza, la seguridad corporal y la progresión en el desarrollo motor.
- Niños que avanzan más despacio, pero de forma constante
En otros casos, el desarrollo motor sigue un ritmo más pausado desde el principio. Estos niños van adquiriendo las habilidades motrices poco a poco y necesitan más tiempo para consolidar aspectos como el control postural, el equilibrio o la coordinación.
Esto puede retrasar ligeramente hitos como caminar con seguridad, correr o saltar, pero no necesariamente implica una dificultad específica. Simplemente responde a un ritmo de maduración diferente.
En estas situaciones es fundamental ofrecer experiencias de movimiento adecuadas a su momento evolutivo, con oportunidades de práctica, repetición y un entorno que transmita seguridad.
El movimiento como motor del desarrollo
Durante los primeros años de vida, el cerebro tiene una enorme capacidad de adaptación y aprendizaje. El movimiento ayuda a organizar las conexiones neurológicas que permiten controlar el cuerpo, mantener el equilibrio o coordinar acciones cada vez más complejas.
La intervención temprana permite estimular estos circuitos cuando el cerebro es más receptivo, evitando la consolidación de patrones de movimiento poco eficientes y favoreciendo un desarrollo motor más funcional y seguro.
El papel de las familias
La participación de las familias, junto con la observación constante del equipo educativo, garantiza que los niños reciban las experiencias y estímulos necesarios para avanzar de manera segura y confiada.
Por eso, ofrecer a los niños oportunidades de explorar, moverse y jugar libremente es clave para su desarrollo.
Porque en la infancia, cada caída también es una oportunidad para aprender a levantarse.






