
Frustrarse no traumatiza (2)
Atender el llanto no significa eliminarlo. Cuando un bebé llora, el adulto reacciona. Comprueba si tiene hambre, sueño, frío, calor, si algo le duele o si necesita contacto. Durante los primeros meses, el llanto es una de sus principales formas de comunicación y nuestra respuesta resulta fundamental.
Pero los niños crecen y también cambian los motivos por los que lloran.
Como comentábamos en el artículo anterior, un niño de dos años puede llorar porque se ha hecho daño, tiene miedo o necesita que estemos cerca, pero también porque quería abrir él la puerta, no quiere marcharse del parque, otro niño tiene el juguete que desea o le hemos dicho que no puede comer otra galleta.
El llanto sigue necesitando nuestra atención, pero atender y solucionar no son lo mismo.
- Si llora porque no quiere ponerse el cinturón del coche, podemos acompañarle y entender su enfado, pero el cinturón se pone.
- Si quiere un juguete que está utilizando otro niño, podemos ayudarle a esperar, sin necesidad de conseguirle inmediatamente otro igual.
- Si no quiere marcharse del parque, podemos comprender que quiera quedarse y, aun así, marcharnos con un niño enfadado.
Un niño puede llorar y seguir estando perfectamente atendido.
Esta idea parece sencilla cuando la leemos tranquilamente. Sin embargo, resulta mucho más difícil recordarla cuando tenemos delante a nuestro hijo llorando. Su malestar también nos afecta: nos preocupa, nos da pena y, a veces, nos pone nerviosos.
Si, además, estamos en un restaurante, una tienda o un lugar público, aparece otra preocupación: qué pensarán los demás. Entonces queremos que deje de llorar cuanto antes y podemos acabar haciendo cualquier cosa para conseguirlo.
Por eso, conviene detenernos y preguntarnos: ¿Necesita realmente mi hijo que solucione esto o soy yo quien necesita que deje de llorar?
No todos los llantos significan lo mismo. Recuperar cierta naturalidad ante el llanto infantil no significa ignorarlo, sino aprender a interpretarlo.
No respondemos igual ante un niño que se ha caído y se ha hecho daño que ante otro que protesta porque hemos apagado la televisión. Tampoco ante un niño que tiene miedo que ante uno que quería ser el primero en pulsar el botón del ascensor.
El niño necesita que observemos qué ocurre y respondamos a esa situación concreta.
A veces necesitará nuestros brazos; otras, ayuda o que comprobemos si le pasa algo. En ocasiones tendremos que cambiar lo que está sucediendo. Y otras veces, sencillamente, estará enfadado porque las cosas no han salido como quería.
También eso forma parte de la infancia.
El límite no se mide por el volumen del enfado
Tomamos una decisión que consideramos razonable. El niño protesta. Mantenemos la decisión y protesta más. Llora intensamente y empezamos a dudar:
«Quizá me estoy pasando».
«Pobrecito, mira cómo se ha puesto».
«Bueno, por una vez…».
Sin embargo, la intensidad de la reacción del niño no determina por sí sola si nuestra decisión es adecuada.
Un mismo límite puede provocar reacciones muy diferentes. Incluso nuestro propio hijo puede aceptar tranquilamente algo hoy y enfadarse muchísimo mañana porque tiene sueño, hambre, está cansado o simplemente ese día le ha sentado especialmente mal que le digamos que no.
Por supuesto, los adultos también nos equivocamos. Cuando nos damos cuenta de que una decisión no era adecuada, debemos ser capaces de rectificar. Cambiar de opinión por un buen motivo no nos resta autoridad.
Pero es diferente rectificar porque hemos reconsiderado una decisión que ceder únicamente para conseguir que el niño deje de llorar.
En ese segundo caso, podemos terminar aprendiendo todos algo que no pretendíamos enseñar: el niño descubre que aumentando suficientemente la protesta puede conseguir cambiar algunas decisiones, y el adulto aprende que ceder es la forma más rápida de terminar con el conflicto.
Rectificar cuando procede es educar. Ceder únicamente para detener una protesta es otra cosa.
A veces hablamos demasiado. Cuando decidimos mantener un límite, aparece otra tendencia muy adulta: explicar. Explicamos mucho. ¡Muchísimo!
Imaginemos que tenemos que marcharnos del parque y nuestro hijo de dos años está tremendamente enfadado. Empezamos a explicarle que entendemos su tristeza, que mañana hay que levantarse temprano, que tenemos que llegar a casa, bañarnos y preparar la cena…
¡El niño tiene dos años! Y, en ese momento, no necesita una conferencia.
Poner palabras a las emociones puede ayudarle, poco a poco, a reconocerlas y expresarlas. Pero una cosa es acompañarle y otra convertir cada enfado en una clase de educación emocional.
Cuando un niño pequeño está muy enfadado, nuestra explicación perfecta puede tener bastante más sentido para nosotros que para él.
Podemos utilizar frases cortas y claras:
- «Sé que querías quedarte».
- «Estás enfadado».
- «Tenemos que irnos».
Y después, estar presentes sin repetir diez veces la explicación, intentar convencerle de que deje de estar enfadado u ofrecerle alternativas constantemente para que vuelva a estar contento.
No tenemos que resolver cada emoción ni explicarla hasta que desaparezca. A veces, nuestra tranquilidad, nuestra presencia y unas pocas palabras son suficientes. Cuando el enfado haya pasado, habrá tiempo para hablar si realmente es necesario.
Nuestros hijos también pueden enfadarse con nosotros
Necesitamos recordar algo importante: podemos haber tomado una decisión adecuada y, aun así, a nuestro hijo puede no gustarle absolutamente nada.
Puede enfadarse porque hemos guardado las pinturas, porque no hemos comprado lo que quería o porque ha llegado la hora de marcharnos. Puede pensar que somos tremendamente injustos y podemos soportarlo.
No necesitamos que nuestros hijos estén de acuerdo con todas nuestras decisiones para que estas sean correctas.
Ser padres implica tomar decisiones que les harán felices y otras que provocarán enfado. Nuestro objetivo no puede ser conseguir que cada «no» termine convertido en un «no» emocionalmente aceptado, después de una explicación maravillosa. A veces seguirán pensando que nuestra decisión es horrible. Y seguirán enfadados.
Nuestro objetivo no es conseguir que nunca lloren, porque eso sería imposible. Consiste en comprender qué ocurre y responder de acuerdo con lo que realmente necesitan:
- Atender cuando necesitan atención.
- Ayudar cuando necesitan ayuda.
- Cambiar una situación cuando es necesario.
- Mantener una decisión cuando consideramos que debemos hacerlo.
- Estar cerca cuando simplemente necesitan tiempo.
Porque el llanto no siempre nos está diciendo «soluciona esto». A veces, simplemente nos está diciendo «esto no me gusta». Y podemos escuchar ese mensaje, acompañar a nuestro hijo y mantener una decisión razonable.
Atender y cuidar el llanto no significa conseguir que desaparezca. Significa comprender qué lo provoca y saber responder sin dejar que las lágrimas decidan por nosotros.
Paciencia, comprensión y mucho cariño, pero también fortaleza para mantener aquello que sabemos que necesitan. Eso también es educar para la vida.







