
Enseñar a decir “no” desde pequeños
Criar a nuestros hijos lleva implícito educarles. Una protección excesiva, a la que muchas veces nos incita nuestra sociedad a través de los medios y las personas de nuestro entorno, y que nosotros ejercemos para no ser calificados de “malos padres”, casi siempre resulta perjudicial. Además, cada familia es diferente, así que lo mejor es que los padres hagan lo que crean mejor para sus hijos.
Si nosotros, padres, no sabemos decir “no”, ¿cómo vamos a enseñar a nuestros hijos a decir “no”? Aprender a decir “no” es fundamental para ser uno mismo. Debemos educar a vivir en la verdadera libertad, que, como siempre se ha dicho, es muy diferente de vivir en el libertinaje.
La libertad, en su sentido más profundo, es la capacidad que tiene una persona para pensar, decidir y actuar por sí misma, de acuerdo con su conciencia, sus valores y su voluntad, sin imposiciones ni miedo.
En el caso de los niños —especialmente entre 0 y 3 años—, la libertad no significa dejarles que hagan lo que quieran, sin límites, sino que puedan explorar, expresar sus emociones, elegir dentro de un entorno seguro y sentirse escuchados y respetados.
La libertad verdadera implica responsabilidad, mientras que el libertinaje es actuar sin pensar en el impacto que nuestras acciones tienen en otras personas o en uno mismo.
Para dejar más claras las diferencias entre ambos términos, en la libertad se tienen límites y respeto, implica responsabilidad, se ejerce con conciencia y se respetan los derechos de los demás, mientras que el libertinaje ignora los límites y las normas, elude las responsabilidades, se actúa sin pensar, no hay reflexión y afecta y daña a los otros. No se respeta a los demás.
Aprender a decir “no” responsablemente es una forma de protegerse, de conocerse y de crecer como persona. Decir “no” no es sinónimo de rebeldía, es un indicativo de que el niño aprende a poner límites, identifica lo que le gusta y lo que no, lo que le incomoda, lo que no entiende y con lo que no se siente seguro. Todo esto acaba siendo esencial para su seguridad.
Además de saber decir “no”, resulta fundamental hablar en casa. Ambas habilidades, si se aprenden desde pequeños, son vitales para los niños.
Siempre que se pueda, hay que dar a elegir a los niños: entre dos juguetes, entre dos lugares, entre dos comidas, entre dos opciones de ropa, etc. De esta forma se irá fortaleciendo la confianza en sí mismo, le demostrarás que te importa lo que él quiere y, por tanto, que su opinión es valiosa.
No queremos niños autómatas. Obedecer ciegamente no es lo mismo que portarse bien. Un niño que nunca cuestiona ni se atreve a decir lo que piensa puede parecer «fácil de criar», pero a largo plazo puede convertirse en un adulto inseguro, que no sabe poner límites o que tiene miedo de expresar su voluntad. Además, los niños en esta etapa no pueden ser “obedientes”, porque su parte frontal del cerebro aún no está madura y no gestiona aún adecuadamente los mandatos de los adultos. Hay que pedirles las cosas de otra manera, sin imperativos.
Educar niños fuertes es educar personas con criterio. Un niño fuerte emocionalmente no es el que impone su voluntad todo el tiempo, sino el que sabe cuándo ceder, cuándo insistir, y cuándo decir «basta». Esa fortaleza empieza a construirse desde que son pequeños, en los momentos cotidianos: cuando respetas su llanto, cuando escuchas su opinión, cuando no los fuerzas a abrazar si no quieren, cuando les enseñas que su cuerpo y su voz les pertenecen.
Educar no es formar niños que obedezcan sin pensar, sino personas que sepan elegir con conciencia. Ayudemos a nuestros hijos a crecer con una voz propia, con la fuerza de decir «sí» cuando lo desean y «no» cuando lo necesitan.
Para conseguir que nuestros hijos sean ellos mismos y fuertes, hay que ponerles límites claros y con mucho cariño desde el inicio para que aprendan enseguida hasta dónde pueden llegar. Tenemos que acompañarlos, no sobreprotegerlos, lo que significa guiar su comportamiento, sus decisiones y sus actuaciones.
Además, la educación debe basarse en la empatía y en el respeto. Nuestra forma de hacer y de decir las cosas les va a ayudar a aprender que sus acciones tienen consecuencias, sean buenas o malas, pero consecuencias.
Educar en la reflexión, en la no precipitación, enseñarles y ayudarles a pensar antes de actuar los llevará a aprender a elegir y no desear todo lo que “les venden”.
¡Seguimos!



