
En educación, no todo tiene que estimular
Estimulación temprana, juguetes educativos, actividades sensoriales, propuestas para desarrollar la motricidad fina, juegos para favorecer el lenguaje, materiales para trabajar la atención, experiencias para potenciar la creatividad… La oferta es interminable.
Cuando hablamos de niños pequeños parece que cualquier momento del día tiene que convertirse necesariamente en una oportunidad para estimular alguna capacidad.
Como profesionales de la educación, por supuesto que creemos en la importancia de ofrecer experiencias adecuadas al desarrollo de los niños. En la Escuela Infantil Delphos planificamos espacios, materiales y propuestas pensando en lo que necesitan en cada momento evolutivo, pero estimular no significa mantener al niño permanentemente estimulado.
Y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece.
¿Tenemos que aprovechar cada minuto?
Tenemos tanta información sobre las posibilidades de aprendizaje durante los primeros años que podemos caer fácilmente en una especie de obligación por aprovechar cada momento:
- Si juega, buscamos un juguete educativo.
- Si pasea, aprovechamos para enseñarle los colores.
- Si cocina con nosotros, contamos los ingredientes.
- Si vemos un perro, preguntamos qué sonido hace.
- Si encontramos tres piedras, aprovechamos para contar hasta tres.
- Si coge una cuchara, podemos hablarle de grande y pequeño, dentro y fuera, arriba y abajo.
Todo esto puede hacerse, naturalmente, y muchas veces surge de forma espontánea en la relación entre un adulto y un niño. El problema aparece cuando dejamos de compartir una experiencia para empezar a dirigirla constantemente.
Podemos ver un perro y simplemente mirar al perro. No siempre tenemos que preguntar: “¿Cómo hace el perro?”.
Muchas veces hemos hablado de la importancia de tener claro que un niño también necesita que le dejemos hacer. Los adultos tenemos cierta tendencia a intervenir. ¡A veces resultamos insistentes y hasta un poco pesados!
Lo hacemos con la mejor intención: queremos ayudar. Pero el niño también necesita un pequeño espacio para no saber y poder aprender: probar, equivocarse, volver a probar, cambiar de estrategia, abandonar, volver a intentarlo o descubrir accidentalmente algo que nadie le había enseñado.
¿Cómo intervenimos sin darnos cuenta?
- Enseñamos cómo funciona un juguete antes de que el niño haya tenido tiempo de descubrirlo.
- Le mostramos dónde encaja una pieza cuando todavía está intentando averiguarlo.
- Le acercamos aquello que intenta alcanzar.
- Le damos la vuelta al objeto que está utilizando “mal”.
- Construimos la torre para enseñarle cómo se hace.
Es importante ser conscientes de que, cuando intervenimos demasiado pronto, podemos solucionar un pequeño problema, pero también quitarle al niño la oportunidad de intentar resolverlo por sí mismo.
No tenemos que desaparecer ni dejar de participar en su juego. Se trata, simplemente, de aprender a esperar un poco más antes de hacerlo por él.
Y mientras esperamos también estamos enseñando.
El niño aprende que su adulto tiene paciencia, que no le mete prisa, que confía en que puede intentarlo, que no necesita resolver inmediatamente cada dificultad y que, si finalmente necesita ayuda, está ahí.
Quizá esa sea también una de las formas más sencillas y valiosas de favorecer su autonomía: estar disponibles sin adelantarnos continuamente a lo que puede hacer por sí mismo.
El día a día, lo más cotidiano, ya está lleno de aprendizaje
Un niño pequeño no necesita vivir rodeado permanentemente de actividades preparadas para aprender. La vida diaria ya contiene una enorme cantidad de experiencias:
- Meter y sacar objetos de un cajón.
- Llevar su vaso hasta la mesa.
- Intentar ponerse un zapato.
- Abrir una caja.
- Arrastrar una silla.
- Recoger hojas del suelo.
- Llenar un cubo de arena y vaciarlo.
- Ayudar a guardar la ropa.
- Llevar un pañal a la papelera.
- Intentar abrir una cremallera.
- Observar cómo cae el agua mientras se baña.
Para nosotros son pequeñas acciones cotidianas. Para ellos suponen moverse, coordinar, observar, prestar atención, probar, resolver, comunicarse, equivocarse, volver a intentarlo y conocer poco a poco el mundo que les rodea. Y lo mejor es que el niño no necesita saber todo lo que está aprendiendo mientras lo hace. Está viviendo y, mientras vive, aprende.
Cuando “educativo” se convierte en una estrategia de marketing
No todos los juguetes tienen que llamarse “educativos” Quizá esta sea otra de esas etiquetas que convendría revisar a fondo.
¿En qué momento decidimos que un juguete necesitaba llevar la palabra “educativo” para parecernos mejor? ¿Fue una estrategia comercial? ¿Puro marketing? ¿O simplemente añadir esa palabra hace que el producto resulte mucho más atractivo para los adultos porque parece garantizar que, además de jugar, el niño va a aprender algo? “Es educativo” y parece que con eso ya hemos dicho todo.
Una caja de cartón no tiene instrucciones. Una cuchara de madera tampoco. Unas hojas secas recogidas en el parque no indican en ningún envase qué capacidades desarrollan y, sin embargo, pueden proporcionar experiencias extraordinariamente ricas.
Esto no significa que los juguetes diseñados con una finalidad educativa sean innecesarios. Hay materiales magníficos, los conocemos y los utilizamos mucho en la escuela.
Pero preferimos llamarlos así: materiales o juguetes diseñados con una determinada finalidad educativa. Porque “educativo” no es una cualidad exclusiva de determinados juguetes. Un objeto no educa por llevar esa palabra escrita en una caja.
Lo realmente importante es algo mucho más sencillo: el aprendizaje no depende únicamente de que un objeto haya sido diseñado para enseñar, sino, en gran medida, de lo que el niño pueda hacer, descubrir, imaginar y experimentar con él.
Repetir también es hacer
Hay algo que a los adultos nos cuesta especialmente: ver a un niño repetir una misma acción una y otra vez. Incluso puede llegar a ponernos nerviosos y nuestra primera reacción puede ser ofrecerle otra cosa: “Vamos a hacer esto ahora”.
Pero si continúa haciéndolo es muy posible que, en ese momento, no necesite otra cosa.
- Sacar.
- Cerrar.
- Bajar.
- Vaciar.
- Tirar algo, recogerlo y volverlo a tirar.
Durante los primeros años, repetir permite practicar movimientos, anticipar resultados, comprobar qué sucede, perfeccionar habilidades y comprender progresivamente las relaciones de causa y efecto. Nosotros vemos la misma acción veinte veces; el niño puede estar haciendo veinte comprobaciones.
Imitar también es aprender
Los niños observan muchísimo más de lo que a veces pensamos. Nos ven barrer y quieren coger la escoba. Nos ven hablar por teléfono y cualquier objeto puede terminar pegado a su oreja. Nos ven dar de comer y después alimentan a un muñeco. Intentan ponerse nuestros zapatos, guardar algo donde nos han visto hacerlo, limpiarse la boca como nosotros o repetir un gesto que acaban de observar.
Antes de poder hacer muchas cosas por sí mismos, las han visto hacer muchas veces. Por eso es importante permitir que la imitación aparezca y darle tiempo para desarrollarse. No siempre tenemos que enseñar de manera directa cómo se hace algo. El niño observa, prueba, reproduce a su manera, se equivoca, modifica lo que hace y vuelve a intentarlo.
Los adultos somos modelos de los niños incluso cuando no estamos intentando enseñar nada por lo que hay una responsabilidad muy importante. Nuestra forma de hablar, esperar, recoger, comer, tratar los objetos, relacionarnos con otras personas o reaccionar ante una dificultad también se observa y también puede imitarse.
Quizá por eso, durante los primeros años, muchas veces enseñamos más con lo que hacemos que con todo lo que intentamos explicar.
Un niño también necesita parar, no necesita estar ocupado permanentemente.
Los niños necesitan momentos de actividad, movimiento y relación, pero también momentos tranquilos. Puede observar lo que sucede a su alrededor, entretenerse con algo aparentemente insignificante, quedarse mirando por una ventana o pasar de una actividad a otra sin que un adulto organice inmediatamente lo que debe hacer después.
No deberíamos sentir que cada espacio vacío del día necesita ser rellenado porque cuando organizamos, proponemos y entretenemos continuamente, el niño puede disponer de menos oportunidades para iniciar por sí mismo y aprender a iniciar también forma parte del desarrollo.
Nuestra responsabilidad no es estimular más, sino saber cuándo hacerlo
Esta afirmación no es una defensa de la posible ausencia de propuestas educativas y sería absurdo plantearlo desde el trabajo que hace una escuela infantil.
Nuestro trabajo consiste precisamente en conocer el desarrollo, preparar entornos adecuados, seleccionar materiales, observar, proponer experiencias y saber cuándo intervenir, pero también consiste en algo que puede resultar bastante más difícil: saber cuándo no hacerlo.
- Cuándo esperar.
- Cuándo observar.
- Cuándo permitir que repita.
- Cuándo dejar que pruebe.
- Cuándo no darle inmediatamente la solución.
- Cuándo aceptar que durante unos minutos no esté haciendo nada que a nuestros ojos parezca especialmente “educativo”.
Porque la educación durante los primeros años no sucede únicamente cuando el adulto enseña. Sucede mientras el niño juega, prueba, observa, se relaciona, se equivoca, repite, espera, se mueve y participa en su propia vida cotidiana por lo que aconsejamos dejarnos de preguntar: ¿Cómo puedo estimularle con esto, con aquello, con eso otro?
Vamos a reflexionar y preguntarnos: ¿Qué pasará si le dejo descubrirlo?






