
El valor del aburrimiento
No todo lo que pide un niño es una necesidad que debemos resolver
Quizá uno de los problemas esté en que hemos empezado a utilizar la palabra necesidad para referirnos prácticamente a cualquier demanda del niño, y no es lo mismo.
Los niños tienen necesidades que los adultos debemos atender. Necesitan cuidado, seguridad, afecto, alimentación, descanso, relación, protección y adultos disponibles que respondan adecuadamente a aquello que todavía no pueden resolver por sí mismos.
Pero querer algo en un determinado momento no convierte automáticamente ese deseo en una necesidad. Y estar aburrido tampoco.
¿Por qué no queremos que un niño se aburra?
Cuando un niño no sabe qué hacer y el adulto responde inmediatamente ofreciéndole entretenimiento, puede parecer que está atendiendo una necesidad, pero muchas veces está resolviendo una pequeña incomodidad que el niño podría empezar a aprender a gestionar por sí mismo.
Hay, además, una cuestión que quizá nos resulte menos cómoda de reconocer: en bastantes ocasiones no respondemos rápidamente a las demandas infantiles porque el niño lo necesite, sino porque necesitamos que deje de protestar, insistir o reclamar nuestra atención.
Por ejemplo:
- Le ofrecemos el teléfono para poder terminar una conversación.
- Buscamos rápidamente otro entretenimiento porque empieza a impacientarse.
- Le proponemos una actividad tras otra porque no sabemos qué hacer ante su «me aburro» o no sabemos cómo responder cuando todavía es demasiado pequeño para expresarlo con palabras.
Es perfectamente comprensible que los adultos tengamos momentos en los que necesitemos, sencillamente, resolver una situación. Tenemos obligaciones que atender, cansancio, problemas laborales y muchas otras circunstancias que nos llevan, en ocasiones, a buscar la solución más rápida.
También es bueno dar la oportunidad de que busque la forma de entretenerse.
El problema aparece cuando esa solución excepcional se convierte en nuestra forma habitual de responder. Sin pretenderlo, podemos estar enseñando al niño algo muy diferente de lo que realmente queremos transmitirle: «Cuando no sé qué hacer, alguien lo resolverá por mí».
Si el adulto piensa, propone, busca, organiza y resuelve continuamente, ofrece pocas oportunidades para que el niño empiece a hacerlo por sí mismo. Y, sin embargo, para desarrollar la autonomía necesita oportunidades para ejercerla. Después queremos que nuestros hijos sean autónomos, pero ¿les estamos dando espacio para aprender a serlo?
La autonomía no aparece porque un día decidamos que los niños ya tienen edad para desenvolverse por sí mismos. Se construye poco a poco, a través de pequeñas experiencias cotidianas en las que pueden tomar decisiones, probar alternativas y resolver situaciones que están a su alcance.
Si cada dificultad encuentra inmediatamente nuestra solución, si cada espera recibe una distracción y si cada momento de aburrimiento termina con una actividad preparada por nosotros, el niño dispone de menos ocasiones para poner en marcha sus propios recursos.
No podemos resolverles continuamente la vida y esperar al mismo tiempo que aprendan a desenvolverse en ella.
Cuando todas las demandas reciben una respuesta inmediata, también puede ir creándose una expectativa difícil de sostener: que querer algo significa poder obtenerlo en ese mismo momento. No porque el niño sea egoísta, caprichoso o especialmente exigente, sino porque también aprende de las respuestas que encuentra en su entorno.
Por eso, aprender a esperar, aceptar que algo no esté disponible de inmediato, buscar alternativas o descubrir por uno mismo qué hacer no son dificultades que debamos eliminar sistemáticamente de la infancia. Son pequeñas experiencias que, acompañadas de manera adecuada, ayudan a desarrollar la autonomía y la capacidad de gestionar la frustración.
Y es aquí donde el aburrimiento adquiere su valor.
Ante un «me aburro», nuestra función no tiene por qué ser encontrar inmediatamente una respuesta. Podemos escuchar, acompañar y mostrar disponibilidad sin asumir la responsabilidad de organizar cada minuto de su tiempo. A veces, la mejor ayuda consiste en confiar en que el niño también puede empezar a buscar sus propias alternativas.
Esto no significa desentendernos de él ni dejarlo solo ante una dificultad que todavía no sabe gestionar. Significa ofrecerle el tiempo y el espacio que necesita para explorar, imaginar, decidir y descubrir que no siempre hace falta que alguien le diga qué hacer.
A veces, permitir que un niño se aburra es también darle la oportunidad de descubrir de qué es capaz.
Concluimos esta entrada con una reflexión: cuando los adultos ofrecemos siempre una solución inmediata, reducimos las oportunidades de que los niños aprendan a encontrarla por sí mismos. Por eso, ante un «me aburro», quizá la respuesta más educativa no sea proponer una nueva actividad, sino acompañar al niño y darle la oportunidad de descubrir qué puede hacer con ese tiempo.








