
¡Cuidado! Nos observan
Y mucho más de lo que pensamos.
Nos observan cuando hablamos, cuando comemos, cuando esperamos, cuando nos enfadamos, cuando recogemos, cuando saludamos, cuando damos las gracias y también cuando creemos que están completamente entretenidos y no nos prestan ninguna atención.
Nos observan nuestros hijos. Y esto tiene mucha más importancia de la que a veces pensamos, porque durante los primeros años de vida los niños aprenden muchísimo de lo que ven hacer a los adultos que tienen cerca.
Podemos explicarles muchas cosas. Podemos repetirles que hay que saludar, recoger, esperar, hablar sin gritar, tratar bien a los demás o guardar las cosas después de utilizarlas.
Pero después nos miran. Y lo que ven también les educa.
- Si queremos que hablen con tranquilidad, observarán cómo hablamos nosotros.
- Si queremos que traten bien a los demás, aprenderán de cómo nos ven tratarlos.
- Si queremos que sepan esperar, tendrán delante nuestra manera de gestionar la impaciencia.
- Si queremos que recojan sus cosas, comprobarán qué hacemos nosotros con las nuestras.
- Si queremos que nos escuchen cuando les hablamos, también necesitan ver que nosotros les prestamos atención cuando nos hablan.
Los niños no hacen únicamente lo que les decimos. Muchas veces hacen lo que nos ven hacer. Por eso, nuestra conducta cotidiana también es una respuesta educativa, incluso cuando no tenemos intención de enseñar nada.
Y ¡menos mal que nos imitan!
Imitar es una forma de aprender
La imitación no es una simple ocurrencia infantil ni una gracia que aparece de vez en cuando. Forma parte del desarrollo de los niños y es una de sus grandes herramientas para aprender.
Desde muy pequeños comienzan a observar gestos, expresiones, sonidos y acciones. Poco a poco intentan reproducirlos y, a medida que crecen, esas imitaciones se hacen cada vez más complejas.
- Nos ven barrer y quieren coger la escoba.
- Nos ven cocinar y quieren remover.
- Nos ven hablar por teléfono y cualquier objeto puede terminar pegado a su oreja.
- Nos ven limpiarnos la boca e intentan hacer lo mismo.
- Nos ven cuidar a un bebé y después arropan, dan de comer o consuelan a su muñeco.
- Nos ven guardar las llaves y buscan dónde colocar las suyas.
Antes de saber hacer muchas cosas, ya las han visto hacer. Por eso, la imitación va apareciendo y evolucionando a lo largo del desarrollo.
Cuando un niño muestra muy poco interés por imitar gestos, sonidos o acciones de los demás y esto se mantiene en el tiempo, especialmente si aparecen otras señales que llaman nuestra atención, conviene observarlo y valorar su desarrollo en conjunto. No se trata de alarmarnos ante una conducta aislada ni de comparar continuamente a unos niños con otros. Cada niño tiene su propio ritmo, pero tampoco debemos restar importancia a aspectos relevantes de su desarrollo.
Imitar es observar al otro, interesarse por lo que hace, aprender de él e incorporar poco a poco nuevas acciones, gestos y comportamientos.
Así que sí, queremos que nuestros hijos nos observen y nos imiten, porque necesitan hacerlo para aprender. Y eso nos lleva a una pregunta importante: ¿qué están viendo cuando nos miran?
Lo que hacemos también educa
Resulta relativamente sencillo pensar en todo aquello que queremos enseñar a nuestros hijos. Lo que a veces nos cuesta más es detenernos a pensar qué les estamos enseñando realmente con nuestra manera de actuar.
- Queremos que saluden cuando llegan a un sitio. ¿Nos ven saludar?
- Queremos que den las gracias. ¿Nos oyen darlas?
- Queremos que pidan las cosas sin gritar. ¿Cómo las pedimos nosotros cuando estamos enfadados?
- Queremos que sepan esperar. ¿Cómo reaccionamos cuando nos toca hacerlo?
- Queremos que recojan lo que utilizan. ¿Qué hacemos nosotros con nuestras cosas?
- Queremos que escuchen cuando alguien les habla. ¿Dejamos lo que estamos haciendo para prestarles atención?
- Queremos que traten con educación a los demás. ¿Cómo hablamos de otras personas cuando creemos que nuestros hijos no nos escuchan?
No se trata de someternos a examen cada día ni de convertir la vida familiar en una representación permanente de buenos modales. Se trata de recordar que nuestros actos tienen una enorme fuerza educativa.
Podemos repetir cien veces «no grites», pero si resolvemos habitualmente los conflictos gritando, el mensaje que recibe el niño es contradictorio. Podemos insistir en que hay que recoger, pero le resultará mucho más fácil comprenderlo si nos ve cuidar, ordenar y guardar nuestras propias cosas.
Y también podemos pedirle que nos mire cuando le hablamos, pero quizá convenga preguntarnos cuántas veces nos habla mientras nosotros seguimos mirando una pantalla.
Y mucho cuidadito con el móvil…
El teléfono se ha convertido en una extensión de nuestras manos y ocupa una parte importante de nuestra vida cotidiana.
Trabajamos con él, hablamos con nuestra familia, consultamos información, hacemos fotografías, organizamos citas y contestamos mensajes. Por eso, no tendría sentido plantear que los adultos no debemos utilizarlo delante de nuestros hijos.
Una cosa es utilizarlo y otra muy distinta es no ser conscientes del espacio que ocupa en nuestra vida.
Los niños pequeños todavía no saben qué estamos haciendo cuando miramos una pantalla. No saben si respondemos un correo importante, consultamos el tiempo o vemos un vídeo. Lo que perciben es algo mucho más sencillo: mamá y papá miran mucho ese objeto.
Naturalmente, ese objeto despierta su curiosidad. Quieren cogerlo, tocarlo, deslizar el dedo por la pantalla y, a veces, se enfadan cuando se lo retiramos.
Volvamos al principio: los niños imitan aquello que ven. Por eso, antes de preguntarnos por qué nuestro hijo quiere tanto el teléfono, podemos preguntarnos cuánto nos ve utilizarlo.
Cuando un niño nos enseña una piedra que acaba de encontrar, nos trae un juguete o busca nuestra mirada para contarnos algo y nosotros seguimos pendientes de la pantalla, también nos está observando.
No necesitamos dejar de utilizar el móvil ni sentirnos culpables cada vez que lo hacemos. Lo importante es ser conscientes del modelo que ofrecemos y procurar que las pantallas no ganen siempre la batalla por nuestra atención. A veces nos absorben tanto que ni siquiera nos damos cuenta de cuánto tiempo les dedicamos o de cómo reaccionamos cuando alguien interrumpe lo que estamos haciendo.
Cuando las cosas no salen como esperamos
¿Y cómo reaccionamos ante un imprevisto? ¿Cómo tratamos a los demás?
No basta con decir a nuestros hijos que hay que ser educados y amables si después nos ven reaccionar de forma poco respetuosa cuando tenemos que dejar algo que estamos haciendo o cuando algo no nos gusta.
Nuestros hijos nos observan cuando hablamos con sus maestros, con los abuelos, con otros padres, con quien nos atiende en una tienda o con la persona que se ha equivocado al servirnos algo. Escuchan nuestros comentarios, nuestras bromas, nuestros agradecimientos y también nuestras faltas de educación.
Quizá todavía no comprendan completamente el contenido de una conversación, pero van aprendiendo formas de relacionarse con los demás. Si queremos que nuestros hijos traten bien a las personas, una de las herramientas educativas más poderosas que tenemos es que nos vean hacerlo.
Y cuando las cosas salen mal, ¡también nos miran! A veces, precisamente en esos momentos es cuando más pueden aprender de nosotros.
Se cae algo, llegamos tarde, no encontramos las llaves, alguien se equivoca o tenemos que esperar. Entonces aparece nuestra reacción: ¿gritamos?, ¿culpamos a alguien?, ¿insultamos? ¿O somos capaces de parar, buscar otra solución y pedir disculpas si nos hemos excedido?
¿Significa esto que no podemos enfadarnos? ¡Por supuesto que no!
Los adultos también nos cansamos, perdemos la paciencia y tenemos días malos. No necesitamos convertirnos en personas permanentemente serenas para educar bien. Lo importante es cómo gestionamos nuestro enfado y qué hacemos después.
Cuando somos capaces de reconocer que nos hemos equivocado y decir «me he pasado», «no debería haber gritado» o «perdona, no te estaba escuchando», estamos ofreciendo una lección muy valiosa.
Les mostramos que podemos responsabilizarnos de nuestros actos, reconocer nuestros errores y tratar de hacerlo mejor la próxima vez.
Ser un buen modelo para nuestros hijos no significa ser perfectos. Significa ser coherentes y estar dispuestos a aprender.
Coherencia, no perfección
Los padres perfectos no existen. Y nuestros hijos tampoco necesitan que lo seamos.
Podemos pedir a nuestro hijo que no grite, aunque alguna vez hayamos gritado. Podemos enseñarle a recoger, aunque nuestra casa no esté siempre perfectamente ordenada. Podemos pedirle paciencia, aunque algún día nosotros también la perdamos.
La diferencia está en reconocer nuestros errores y no convertir determinadas conductas en el modelo que ofrecemos habitualmente.
Cuando nos equivocamos, también tenemos una oportunidad para educar:
- «Antes he gritado y no debería haberlo hecho».
- «Me he enfadado demasiado».
- «Perdona, no te estaba escuchando».
- «Me he equivocado».
Decirlo delante de nuestros hijos no nos resta autoridad. Al contrario, les enseña que equivocarse no impide responsabilizarse de lo que uno hace, pedir perdón y tratar de mejorar.
No podemos exigir continuamente con nuestras palabras lo contrario de lo que enseñamos con nuestros actos. Los niños observan, imitan, prueban y repiten. Y, poco a poco, van construyendo también su propia manera de comportarse y relacionarse con el mundo.
Por eso, antes de preguntarnos cómo tenemos que enseñarles algo, quizá nos convenga detenernos un momento y hacernos otras preguntas:
¿Qué les estamos enseñando con lo que hacemos? ¿Qué están aprendiendo de nosotros sin que nos demos cuenta?
Conviene tener presente que nuestros hijos nos observan y nos escuchan mucho más de lo que imaginamos, incluso cuando parece que están en otra onda.
Y, afortunadamente, así es también como aprenden.









