
¡O se duerme o me duermo yo!
Desde el momento de su nacimiento, que el niño concilie el sueño se convierte en algo complicado para los padres.
El sueño es un proceso fundamental para el desarrollo óptimo de la persona ya que durante el sueño se producen una serie de procesos biológicos y cognitivos que son esenciales para el crecimiento y el aprendizaje.
Inicialmente, los niños tienen que dormir mucho, y cuanto más mejor, y conforme pasan los meses este tiempo se va reduciendo considerable y progresivamente, pero debemos poner todos los medios para que el niño tenga un sueño reparador ya que durante ese tiempo el niño produce y libera la hormona del crecimiento, fundamental para el desarrollo físico del niño.
El sueño del niño favorece la formación de nuevas conexiones neurales y consolida la memoria y el aprendizaje, desarrollando también las habilidades cognitivas necesarias como la atención, la concentración y la capacidad para la resolución de problemas. El cerebro no descansa, y es durante el sueño cuando afianza, en definitiva, el desarrollo cognitivo.
Además, es un momento de regulación emocional. Un niño descansado controlará sus impulsos mucho mejor que un niño agotado que, por el contrario, es más probable que entre en conductas disruptivas.
El sueño fortalece el sistema inmunológico por lo que, si el niño duerme bien, será menos susceptible a posibles enfermedades.
Las consecuencias de la falta de sueño son muchas y pueden llegar a ser muy gravosas para el niño y para la familia y, en general, para todos los ambientes donde el niño se mueve:
- Problemas de atención, desinterés por explorar y descubrir.
- Problemas de comportamiento: Irritabilidad, hiperactividad, rabietas y dificultades para relacionarse con sus iguales.
- Podría causar retrasos en el desarrollo ya que, en casos severos, la falta de sueño puede afectar el desarrollo físico y cognitivo del niño.
El sueño tranquilo de un niño comienza con una rutina.
Es conveniente crear un ritual antes de irse a dormir y respetar el horario porque esta dinámica le ayudará a entender que es la hora de relajarse y prepararse para irse a la cama.
La rutina, para que sea efectiva, tiene que hacerse “todos los días”. Es conveniente cuidar los detalles e implicar al niño en la misma, por ejemplo: bajar la persiana, abrir la cama o la cuna, ambiente fresco y una música o ruido blanco que le ayude a no escuchar otras cosas.
Los horarios son algo muy importante y se deben llevar a cabo de lunes a domingo, tanto para acostarle como para la hora de levantarse, es decir, los fines de semana debe ser la misma que cuando va a la escuela para no trastocar su ritmo, su reloj biológico.
Las actividades de “antes de dormir” deben ser lo más pausadas posibles: recoger, ir al baño, cenar, ver un cuento muy poquito tiempo y preparar su habitación. Un tono de voz relajado, cantar una canción (siempre la misma para que la relacione con el momento de irse a dormir) y la constancia va a permitir que su cerebro prepare a su cuerpo y su mente para el descanso.
Mantener la rutina con los niños sólo tiene beneficios, porque los niños van a tener mucha más facilidad para conciliar el sueño, su proceso de relajación va a ser mucho más sencillo y lo logrará antes, tendrá menos despertares nocturnos y, por supuesto, se estabilizarán los ciclos del sueño, tan importantes para que la higiene del descanso sea lo más correcta posible.
Si los niños “hacen lo mismo” todos los días, ganarán en seguridad, control y, en consecuencia, estabilidad emocional.
Ahora, algunos de vosotros estaréis pensando: ¡Qué fácil lo pone!
Somos plenamente conscientes que el tema del sueño no es fácil porque los ciclos iniciales del sueño de un bebé son muy cortos, aunque después se van incrementando, e inicialmente no distingue el día de la noche, pero, cuando crecen un poquito, si mantenemos una rutina fija todo mejorará considerablemente.
Hablemos ahora de la resistencia al sueño.
Muchos peques se resisten a dormir, no quieren dormir porque tienen inseguridad si no hay un adulto en la cama con él. Es por eso por lo que el colecho, que es magnífico, debemos sopesarlo en el caso de niños más demandantes de compañía ya que, cuanto antes “le independicemos”, más probabilidad tendrá de que no lo pase mal y logre hacer una rutina correcta pronto.
Otros niños no tienen inseguridad, pero “nunca quieren dejar de jugar”, por lo que hay que buscar estrategias para que, sin dejar de jugar, entren en el estado de relajación necesario para irse a dormir.
Si existe el miedo a la oscuridad, podemos solventarlo con una mini luz que permita ver, pero con la que la habitación esté prácticamente a oscuras. Esa luz le da seguridad y, al mismo tiempo, le permite relajarse progresivamente.
No pantallas. Con esto no queremos decir que no utilice las pantallas dos horas antes de dormir. Nos ratificamos, “no pantallas” en ningún caso. Le favorecerá en todos los aspectos del desarrollo del niño, además de que así evitaremos otros inconvenientes que presentan, ya que son adictivas y generan dopamina, esto es, estrés.
La paciencia es importantísima, sin ella no se va a lograr la rutina. Poneos los dos de acuerdo y no os contradigáis nunca delante del niño y, si se va a dormir a casa de unos abuelos, que procuren respetar la rutina de irse a dormir para que no haya incoherencias en la forma de actuar y tengáis que volver a empezar.
¿Y qué hacemos con los despertares nocturnos? ¡Estamos agotados!
Es algo con lo que hay que contar, porque son muy frecuentes durante el primer año de vida, aunque después también se pueden mantener.
También hay que tener en cuenta que suele haber regresiones. Pueden estar durmiendo muchas horas seguidas pero despertándose muchas veces, algo que también es absolutamente normal porque, conforme se van haciendo mayores, empieza a funcionar la imaginación, lo que les provocará pesadillas como consecuencia de las experiencias vividas a lo largo de día o, incluso, terrores nocturnos que son, incluso, más desagradables. En este caso, sólo queda estar ahí con el niño hasta que se vuelva a dormir. En ocasiones, estos momentos pueden ser muy largos, despertándose el niño porque tiene hambre, sed o, simplemente, despertarse y no saber cómo volver a dormirse.
Si el niño se despierta y llora, hay que acercarse y mecerle, o acariciarle sin decirle “nada” para no espabilarle y ayudarle a conciliar el sueño. Un “chssssss” a veces es mucho más eficaz que un “mamá está aquí” o “qué te pasa”.
Si los despertares afectan al bienestar del niño y a la calidad de vida familiar, se debe consultar con un profesional, empezando por el pediatra.
La falta de sueño nocturno puede causar somnolencia diurna, por lo que este cansancio no le favorece para jugar, para explorar ni para nada en general.
Hay otros factores que no favorecen el descanso nocturno, como es la apnea del sueño o las vegetaciones, que no permiten respirar bien, pero no vamos a entrar en temas fisiológicos, que seguro que un pediatra nos lo explica mucho mejor. Quizá en otra ocasión.
Favoreced y respetad la rutina y ¡todos a descansar!





