
La mentira infantil
Estimadas familias y lectores,
En 2016 escribimos un artículo referido a ¿por qué mienten los niños? De nuevo volvemos a tratar este peculiar comportamiento de los niños desde otro enfoque más actualizado ya que, como todo, las investigaciones avanzan, y el estudio del cerebro del niño, también.
Decir la verdad es una virtud enorme de las personas pero en muchas ocasiones mentimos como mecanismo de defensa, por quedar bien, por interés o por miedo. Las personas que dicen la verdad siempre son ejemplares y eso, precisamente, es lo que intentamos conseguir de nuestros niños. Antes de continuar con el artículo es necesario que quede claro que cuando un niño descubre que le han mentido, por el motivo que sea, por ejemplo, una mentira piadosa, es muy probable que pierda la confianza y deje de fiarse de los adultos que no le han dicho la verdad. Además, aprenderá a mentir.
La verdad y la mentira.
La verdad y la mentira pueden estar separadas por un velo no muy tupido y una mentira pequeña puede acabar en una montaña de mentiras acumuladas. En los niños existe una frágil tela sobre la verdad infantil y cuando nos cuentan algo que no es verdad y “nos lo creemos” pueden provocar en nosotros enfados y preocupaciones sin tener un trasfondo real, con lo cual nos volvemos tan frágiles como la “aparente verdad” que nos han contado.
Usando una metáfora, la mentira en los labios de un niño es como una burbuja de jabón que se eleva, es un intento balbuceante por comprender un mundo que aún les resulta inmenso y complejo, un juego de ensayo y error con las palabras.
Detrás de cada pequeña mentira infantil se esconde un universo de emociones: el miedo a ser descubierto, el deseo de agradar, la necesidad de protección… A veces mienten para evitar un castigo; otras para sentirse más grandes, más valientes. Y, en ocasiones, simplemente porque aún no distinguen con claridad la frontera entre la fantasía y la realidad.
La mentira, en la infancia, no es un acto de maldad, sino un paso más en su desarrollo cognitivo y emocional. Al igual que aprenden a caminar o a hablar, los niños también aprenden a relacionarse con los demás y a construir su propia identidad. Y en este proceso, la mentira, aunque sea una herramienta imperfecta, juega un papel inevitable.
Como padres y educadores, nuestro papel es guiarlos con paciencia y comprensión, ayudándoles a entender el valor de la honestidad y las consecuencias de la mentira. Pero también es fundamental crear un ambiente de confianza donde se sientan seguros para expresar sus sentimientos y pensamientos, sin temor a ser juzgados pero sí corregidos.
La mentira infantil es para nosotros, en definitiva, una ventana a su mundo interior, una oportunidad para conectar con ellos de manera más profunda y significativa. Y aunque a veces pueda resultar frustrante, es importante recordar que detrás de cada pequeña falsedad se esconde un niño que está creciendo y aprendiendo, paso a paso, a construir su propio camino en la vida.
Cuando un hijo nuestro nos dice algo del tipo “fulanito me ha pegado en el cole”, tenemos que empezar por preguntar primero a los educadores porque puede que antes se haya producido otra acción que el niño no verbaliza y ha sido el detonante, o simplemente ha visto una acción y la ha interiorizado como si le hubiera ocurrido a él mismo.
Mentir para los niños es divertido porque se trata de una expresión de su fantasía. Los niños que se inventan cosas realizan un importante ejercicio mental y sienten que pueden afirmar o negar lo que ocurre según su deseo.
Lo positivo que tiene este proceso es que para narrar una historia inventada que no es real perfecciona la expresión oral, ya que para narrar una mentira se necesitan muchas más palabras.
Las situaciones en las que los niños suelen acentuar las mentiras suelen ser acontecimientos que afectan de forma muy importante a su vida, como es el nacimiento de un hermanito, la convivencia con unos primos en un periodo vacacional, la ausencia de uno de los padres por un viaje o, incluso, la separación o divorcio de los progenitores.
Uno de los principales motivos que incita a los niños a mentir es por cómo van a reaccionar sus padres por lo que prefieren disimular o encubrir o negar ciertos hechos.
A partir de los 18 meses, las primeras mentirijillas son juegos de engaño con la finalidad de buscar diferenciarse de la madre, pasando más tarde, como, por ejemplo, con el control de esfínter, a negar que se hayan orinado encima porque ellos mismos se sienten a disgusto.
En las edades con las que nosotros trabajamos la mentira no es un hecho preocupante, pero sí se debe moldear al niño en el proceso de decir la verdad porque no decirla tiene consecuencias, aunque sin perder de vista que el niño se encuentra en una etapa de egocentrismo en la que muchas veces no ve más allá de sí mismo y sus circunstancias, y coge y utiliza lo que le interesa y, lo que no, lo desprecia, y no sólo hablamos de objetos sino también de sus iguales y adultos.
Mentir en estas edades tan tempranas puede ser un indicativo de necesidad de afecto: “Me han pegado” … y mamá o papá, o un adulto cercano, me consuela y abraza.
Si nuestra actitud hacia una mentira de nuestro hijo es comprensiva, y se fomenta el diálogo para sacar información, siempre desde la sinceridad, estaremos evitando que la mentira sea una estrategia de actuación ya desde los primeros años.


