
El optimismo, un pilar básico en nuestra labor educativa
El optimismo no es solo una actitud, sino una habilidad que puede ser aprendida y desarrollada. Al fomentar el optimismo en el aula, estamos preparando a los pequeños trotamundos para enfrentar los desafíos del día a día con una actitud positiva y constructiva.
Consideramos que el optimismo es una herramienta que no se suele evaluar en educación, y sin embargo se trata de una actitud capaz de transformar no sólo a los educadores, porque se apoyan en las fortalezas que ven en los niños, sino también a los pequeños, porque sienten que se les apoya en su proceso de aprendizaje siempre en positivo.
Una actitud positiva nos lleva a contemplar todas las posibilidades agradables y óptimas de cualquier acontecimiento o problema que se pueda presentar, independientemente de las dificultades que nos encontremos.
La diferencia entre optimismo y pesimismo es evidente: mientras que con el optimismo conseguimos avanzar, con el pesimismo paralizamos porque sólo se contemplan las consecuencias negativas.
Los niños que tenemos a nuestro alrededor, bien como alumnos o bien como hijos, contemplan cómo reaccionamos las personas adultas de su entorno, escuchan los comentarios, las risas, los enfados, la forma de hablar (cariñosa, brusca, indiferente, pasota…), y de esa forma y con ese ejemplo se van forjando su estilo de pensamiento, el autoconcepto que empiezan a tener de sí mismos y la autoestima.
El optimismo, la positividad, se transmite y se interioriza al igual que el aprendizaje.
Un niño optimista se ilusiona con lo que le ocurre y las cosas que le pasan a su alrededor, tiene confianza en los que le rodean y se muestra motivado y quiere hacer las cosas bien y, si no salen “bien”, se esfuerza de nuevo. Por el contrario, el niño que vive en un entorno pesimista, si no es muy resiliente, acabará siendo un niño triste, desconfiado y vivirá en el “no puedo hacerlo” o “no soy capaz de“.
Desde muy temprana edad el niño aprende el estilo de pensar y comienza a aplicarlo. De esta forma, si un niño aprende a vivir de forma optimista y en positivo, le será más fácil superar lo que le vaya viniendo.
El trabajo del optimismo en la escuela.
En los grupos de alumnos se celebran los pequeños triunfos entre todos, reforzándose de esta manera la autoestima y fomentándose una cultura del esfuerzo y del avance, de crecimiento, utilizando con un lenguaje que empodere con cariño, comprensión, refuerzo y flexibilidad.
Aunque son muy pequeñitos, en la escuela les enseñamos que los errores son oportunidades de aprendizaje y que las habilidades se desarrollan con la práctica.
Se establecen metas alcanzables y procuramos, en la medida de lo posible, que en esta etapa inicial trabajemos en un aprendizaje sin error para evitar frustraciones innecesarias, pidiéndole a cada uno metas realistas que sabemos que pueden lograr y generar un avance progresivo y seguro, que es lo que les motiva a pedir más y más. Sin embargo, a su nivel les enseñaremos técnicas de afrontamiento para controlarse cuando algo haya fallado.
Un proceso de trabajo en el aula colaborativo y cooperativo es lo que va a promover la participación y, lo más importante, un carácter solidario entre ellos del que nacerá de una manera natural de “ayudar al otro”. De esa manera nos expresan la confianza que empiezan a tener en sí mismos, y su incipiente autonomía y su aprendizaje será a su vez más significativo y motivador.
El entusiasmo que muestra el docente porque ellos sean felices y aprendan se transmite diariamente en su forma de ser y de actuar.
El optimismo se va formando y forjando a lo largo de la vida, y educar niños optimistas es una labor diaria desde el momento del nacimiento. Nosotros enseñamos y los niños aprenden, somos sus modelos y la imitación es uno de los procesos de aprendizaje más importantes.
Nuestras acciones cotidianas son la respuesta a muchas de sus preguntas básicas: simplemente con el mero hecho de observar interiorizarán esas palabras, gestos y expresiones de optimismo, o el conformismo y el pesimismo.
Una actitud optimista por parte de padres y educadores es lo que nos ayudará a diferenciar “aquello que los niños hacen” de “aquello que los niños son”, esto es, las características que conforman su personalidad”.


