
¿Por qué no debemos gastar bromas a los niños?
Hoy que se celebra el “Día Internacional de las Bromas” queremos hacer una reflexión sobre las consecuencias de hacérselas a los niños.
A veces, como adultos podemos pensar que una pequeña broma es divertida e inofensiva. Sin embargo, para los niños, que ven la realidad de forma diferente, estas «bromas» pueden tener consecuencias negativas.
Su mundo es literal, lo que significa que todo lo que se les dice se lo toman al pie de la letra. Además, aún no tienen la capacidad de discernir fácilmente entre la realidad y la ficción, simplemente por su falta de madurez cerebral, y se encuentran en proceso de aprendizaje.
Cuando les gastamos una broma, o simplemente les tomamos el pelo, como suele decirse, podemos generar en ellos confusión y ansiedad. Puede ocurrir, al igual que ocurre con las mentiras, que el niño empiece a no fiarse de lo que dice ese adulto de referencia que, además, se está riendo con lo que le acaba de decir.
Además, lo habitual es que no entiendan la intención humorística. Lo que para un adulto es gracioso, para un niño puede no serlo. Su sentido del humor está en desarrollo y, a menudo, se basa en cosas más sencillas y directas. Una broma compleja, o que implique engaño, puede no ser entendida como tal.
Cuando nos encontramos con un niño pequeño que sigue una broma, lo más normal es que estemos ante un niño muy inteligente, pero es poco habitual.
Las emociones que experimentan los niños cuando no comprenden algo son las mismas que las de una persona adulta, con una diferencia clara: que el segundo está preparado para afrontar ese comentario mientras que el niño no, por lo que la situación les genera inseguridad y falta de comprensión del entorno en el que se encuentran.
Todos sabemos que la relación entre un niño y un adulto se basa en la confianza, así que, cuando les gastamos una broma, especialmente si es una que les hace sentir vulnerables o engañados, esa confianza es muy probable que se dañe y, como se ha comentado en el párrafo anterior, puede dejar de fiarse e, incluso, no creer lo que le dicen, aunque sea verdad. Y recuperar la confianza de un niño no es nada sencillo.
Algunas bromas a las que los adultos no damos mayor importancia, porque no conllevan mala intención, pueden hacer que el niño se sienta ridiculizado, tonto o avergonzado y, si la broma, además, se hace delante de otras personas u otros niños, se podría sentir humillado y triste, lo que afecta a su autoestima y a la seguridad en sí mismo.
Si constantemente les hacemos creer cosas que no son verdad, les estamos dificultando el proceso de aprender cómo funciona el mundo real. Esto puede llevar a confusiones y dificultades en el futuro.
Lo mejor es cambiar esta costumbre y, en lugar de gastarles bromas que lo más probable es que les generen malestar, optar por juegos y actividades que fomenten la risa y la diversión de manera positiva y respetuosa: chistes sencillos, hacer cosquillas o participar en juegos imaginativos donde la fantasía sea clara y compartida.
Los niños se encuentran en un proceso de maduración y aprendizaje, por lo que somos responsables de ofrecerles un entorno seguro, confiable y comprensible. Las bromas, aunque parezcan divertidas, van en contra de este objetivo.


