
Hasta ayer, todos y todo era mío
Hola, me llamo Pepito, todavía no tengo tres años y mis padres me han dicho que voy a tener un hermanito. Debe de ser algo muy bueno porque todo el mundo está muy contento: mis abuelos, mis tíos, mis padres… ¡Todos!
Me enseñan la barriga de mamá, me dicen que ahí dentro está mi hermano y que, cuando nazca, podré jugar con él. Que le dé besos, que le abrace, que quiera a esa tripa gorda y redonda que a veces se mueve.
Pero… ¡yo solo veo a mamá!
Hoy ha nacido mi hermano. Me llevan a un lugar para que lo conozca y todos están pendientes de lo que hago: «Mira, es tu hermano», «¡Qué pequeño!», «¡Cuidado!».
Total, que al final decido que prefiero hacer otras cosas y que mi mamá me coja, pero dice que ahora no puede… ¡Pues me voy con la abuela, que es quien me ha traído!
Me dejan con los abuelos y, por fin, volvemos a casa.
Mi hermano solo come y duerme. No sabe jugar, no sabe hablar, no sabe andar y se pasan el día diciéndome: «Cuidadito», «Mira qué pequeño es». Noto que mi mamá me hace menos caso y, además, este pequeño llora muchas veces y lo hace chillando: «¡Uaaa, uaaa!».
Mis abuelos y mi papá son los que me sacan a pasear. Mamá viene algunas veces empujando el carrito que dicen que antes era mío. ¡Yo ya no soy un bebé!
Y hay algo que no entiendo…
Antes, cuando quería que mamá me cogiera, normalmente lo hacía. Ahora muchas veces tiene al bebé en brazos y me dice que espere. Papá también está bastante ocupado y todo el mundo viene a casa a conocer a mi hermano.
No paran de decirme que tengo que quererle mucho, que debo tener cuidado porque es muy pequeño y que ahora soy el hermano mayor. ¿El mayor? ¡Pero si yo también soy pequeño!
Y, por cierto… ¿cuándo se va este bebé a su casa?
Probablemente ningún niño de tres años nos explicaría exactamente así lo que piensa, pero quizá no estemos demasiado lejos de algunas de las cosas que puede sentir.
¿Celos? ¡Pues claro que puede haberlos!
La llegada de un hermano es uno de los acontecimientos más importantes en la vida familiar. Para los adultos suele ser motivo de una enorme alegría, pero para un niño pequeño supone un cambio considerable en un mundo que hasta entonces conocía perfectamente.
No todos los niños reaccionan igual. Algunos muestran curiosidad y entusiasmo, otros parecen bastante indiferentes y otros manifiestan su descontento con mayor claridad. Incluso un mismo niño puede pasar de querer besar al bebé a enfadarse porque su madre lo tiene en brazos.
Los celos entre hermanos son una reacción comprensible cuando un niño percibe que tiene que compartir la atención, el tiempo y la disponibilidad de las personas más importantes de su vida.
No significa que sus padres le quieran menos, ni que estén haciendo algo mal, ni que el niño tenga necesariamente un problema emocional. Significa que está intentando adaptarse a una realidad que ha cambiado y que, por su momento de desarrollo y maduración, todavía no puede comprender del mismo modo que lo hacemos los adultos.
Los celos no tienen por qué aparecer inmediatamente. En ocasiones surgen meses después, cuando el bebé empieza a desplazarse, coger juguetes, reclamar atención o participar más activamente en la vida familiar.
También queremos recordar que las relaciones entre hermanos no nacen construidas. Se desarrollan con el tiempo, a través de la convivencia, las experiencias compartidas y, naturalmente, también de los desacuerdos.
¿Por qué ahora quiere volver a ser pequeño?
Una de las situaciones que más desconciertan a los padres es que el niño empiece a reclamar ayudas que ya no necesitaba. Quiere que le den de comer, pide brazos constantemente, vuelve a utilizar expresiones más infantiles o solicita que le vistan cuando llevaba tiempo haciéndolo solo.
Son comportamientos que pueden parecer retrocesos o regresiones y que, en ocasiones, generan preocupación en los padres.
A veces interpretamos estas conductas como una pérdida de capacidades, cuando en realidad el niño puede seguir teniendo las mismas habilidades. Lo que ha cambiado es su necesidad de recibir una atención que observa que el bebé obtiene continuamente.
No nos alarmemos ni respondamos con un «Tú ya eres mayor». Podemos atender algunas de esas peticiones sin dejar de favorecer su autonomía. Si un día quiere que le demos de comer, podemos hacerlo; eso no significa que haya olvidado utilizar la cuchara.
También somos muy dados a atribuir automáticamente cualquier cambio de comportamiento de nuestro hijo mayor a los celos, y no siempre es así. Los niños pequeños tienen momentos de mayor dependencia, cansancio o necesidad de atención, tengan o no hermanos. Lo importante es observar la evolución de su comportamiento y el conjunto de circunstancias, sin interpretar cada cambio como una consecuencia directa de la llegada del bebé.
Algunas cosas que conviene no hacer ni decir, aunque sea con la mejor intención
Los adultos utilizamos expresiones que pueden complicar innecesariamente la adaptación del niño.
«Tú ya eres mayor», «Tienes que querer mucho a tu hermanito», «No seas celoso», «Ahora tienes que compartir tus cosas» o «Mira qué bien se porta tu hermano» son frases que convendría revisar. El niño no ha dejado de ser pequeño porque haya nacido otro todavía más pequeño.
Tampoco está obligado a sentir un cariño inmediato, a compartir todas sus pertenencias ni a aceptar con entusiasmo una situación que no ha elegido.
Especial cuidado merece utilizar al bebé como explicación permanente de nuestras negativas: «No puedo porque estoy con tu hermano», «No hagas ruido, que vas a despertar al bebé», «Ahora no, que tu hermano me necesita».
Habrá momentos en los que tengamos que decirlo, naturalmente. Pero si el bebé aparece continuamente como la razón por la que el mayor tiene que esperar, renunciar o marcharse, no debería sorprendernos que termine relacionando su presencia con todo aquello que ha cambiado.
También nos conviene evitar las comparaciones y las etiquetas. Ni uno tiene que ser «el bueno» y el otro «el travieso», ni debemos convertir a un niño en «el celoso» de la familia. Cada hijo tiene su personalidad, sus necesidades y su propio proceso de desarrollo.
Tampoco debemos obligarle a realizar muestras de cariño. Podemos favorecer las oportunidades de relación, pero el afecto entre hermanos no se consigue por obligación.
Los adultos somos nosotros. Esta es la cuestión más importante.
Los padres hemos decidido ampliar la familia y nos corresponde organizar su funcionamiento.
¿Cómo podemos esperar que un niño de dos o tres años comprenda completamente lo que ha sucedido y controle siempre sus reacciones? Si reflexionamos, veremos que en muchas ocasiones ni siquiera los adultos somos capaces de hacerlo, a pesar de contar con una madurez y unos recursos que los niños todavía están desarrollando.
Ahora bien, comprender sus emociones no significa dejar que sus celos determinen continuamente lo que hacemos. No tenemos que dejar de coger al bebé porque el mayor protesta, comprar siempre dos juguetes iguales para evitar discusiones o compensar cada atención que recibe uno con otra exactamente igual para el otro. Tratar justamente a nuestros hijos no significa darles siempre lo mismo, sino atender sus necesidades sin establecer preferencias ni comparaciones.
Hay momentos y momentos, y debemos saber diferenciarlos. Habrá ocasiones en las que el bebé necesite más atención y otras en las que sea el hermano mayor quien requiera nuestra disponibilidad. No siempre podremos atender inmediatamente a ambos, y eso también forma parte de la convivencia familiar.
Podemos comprender que al niño no le guste una situación y, cuando nuestra decisión sea adecuada, mantenerla sin necesidad de ceder para evitar su enfado.
Los celos pueden explicar determinadas conductas, pero no justifican hacer daño, pegar, empujar o quitar continuamente las cosas al otro. Nuestra responsabilidad es proteger a ambos, establecer límites y enseñar progresivamente formas adecuadas de relacionarse.
Los niños tienen derecho a sentir celos, a protestar y a necesitar tiempo para adaptarse. Lo que no les corresponde es tomar las decisiones de los adultos ni establecer las normas de convivencia familiar. Pero tampoco debemos olvidar que ser el hermano mayor no significa tener que ceder siempre, comportarse como un adulto o asumir responsabilidades que no corresponden a su edad. Tiene un hermano pequeño, pero él sigue siendo pequeño también.
Recuperar el equilibrio familiar
La llegada de un hijo cambia los horarios, las rutinas, el descanso y la disponibilidad de los adultos. Toda la familia necesita acostumbrarse a una organización diferente.
Procurar mantener algunas de las costumbres del hermano mayor, disfrutar de momentos individuales con él y permitirle participar en los cuidados del bebé cuando quiera y pueda hacerlo son formas sencillas de facilitar esa adaptación. Pero no es necesario organizar continuamente actividades especiales para evitar los celos ni sentirnos culpables porque en ocasiones reclame más atención.
También podemos ayudarle a comprender qué está sucediendo, anticiparle algunos cambios, poner palabras a lo que siente y reconocer sus emociones sin juzgarlas.
Por ejemplo: «Entiendo que quieras que mamá te coja ahora», «Sé que a veces te molesta que el bebé llore tanto» o «Ahora estoy dando de comer a tu hermano y, cuando termine, estaremos juntos».
Son mensajes sencillos que le ayudan a sentirse comprendido, sin necesidad de prometerle una disponibilidad que no siempre podemos ofrecer.
No queremos conseguir que los hermanos estén siempre encantados el uno con el otro. Habrá momentos de cariño, juegos compartidos, discusiones y ocasiones en las que sencillamente preferirán estar separados. La convivencia entre hermanos no tiene que ser perfecta para que exista una buena relación.
Y, aunque los celos sean frecuentes y formen parte de muchos procesos de adaptación, si observamos un malestar intenso y persistente, cambios importantes en su funcionamiento habitual o conductas que ponen en peligro a alguno de los niños, conviene consultar con un profesional.
Tener un hermano no significa dejar de ser importante, ni tener que demostrar constantemente que se es el mayor. Significa aprender, poco a poco, a vivir en una familia que ahora es diferente.
Porque, aunque haya nacido un bebé, el hermano mayor sigue necesitando que le cuiden, le comprendan y, sobre todo, le permitan seguir siendo pequeño.







