
¿Gritar a un niño?: gran error
Gritar a los niños ha sido, y parece que sigue siendo, una práctica bastante común en la crianza, sobre todo cuando han crecido un poquito y comienzan a ser personas más independientes. Lo normal es que esta práctica tenga efectos negativos a corto y largo plazo en su desarrollo emocional y psicológico.
Al gritar, da lo mismo el motivo, el niño desencadena su sistema de defensa natural y se pone en situación de máxima alerta para protegerse de algo que no entiende y no le gusta, porque un grito mal dado no es algo natural.
¿Qué ocurre a nivel fisiológico cuandro gritamos a un niño?
Su corazón empieza a latir muy deprisa, su respiración se acelera y sus músculos se tensan, porque su nivel de nerviosismo y ansiedad aumenta, así como los niveles de coagulación en sangre, y se libera adrenalina, predisponiendo al niño a pelear o a huir de esa situación.
Cuando se grita a un niño se le pueden bloquear sus ganas naturales de explorar y esto, evidentemente, obstaculizará su desarrollo normal.
Los efectos emocionales de los gritos en los niños.
Algunos de los problemas emocionales que pueden aparecer son, por ejemplo, el miedo y la ansiedad. Los gritos pueden generar miedo intenso en los niños, que puede derivar en estrés. Esto puede afectar a su capacidad para regular sus emociones y dificultar su desarrollo social y emocional, además de que puede llegar a normalizarlo, lo que puede afectar negativamente el desarrollo del cerebro e, incluso, generar depresión infantil. Además, su capacidad para procesar la información puede verse afectada, generándose problemas conductuales, problemas de atención y problemas concentración.
Por otra parte, el grito puede generar en el niño un bajo nivel de autoestima y un autoconcepto de sí mismo infravalorado porque, al dañar su nivel de autoestima, el niño puede sentirse mal consigo mismo y considerar que no merece ser amado o valorado, lo que puede tener un impacto negativo en la imagen que se está formando de sí mismo y en su capacidad para formar relaciones saludables.
Los gritos generan mayor agresividad y un peor comportamiento.
Además, los niños que son gritados con frecuencia son más propensos a ser agresivos con otros niños y adultos. Esto puede deberse a que han aprendido a ver la agresión como una forma de resolver conflictos y consideran que por gritar al otro van a conseguir más éxitos, lo que, evidentemente, no es verdad: los gritos llevan a gritar más y la agresividad genera más agresividad.
Un grito empeora los problemas de comportamiento que de por sí ya puede tener un niño, ya que puede llegar a pensar que gritar es una manera eficaz de conseguir lo que quiere. Además, los gritos en público pueden producir un retraimiento social, produciendo en los niños miedo a ser ridiculizados por parte de sus padres y ser juzgados por los que presencian la escena.
No grites, mantén la calma.
Algunos niños se vuelven «sordos a los gritos”, porque los han normalizado. En definitiva, gritar elimina toda la autoridad que pueda tener el padre o la madre. Es una forma ineficaz para conseguir disciplina en nuestros hijos, por lo que lo mejor es no gritar, contenerse, respirar antes de hablar y pensar lo que le vamos a decir y, por supuesto, mantener los límites establecidos muy claros, comunicarse lo mejor posible con ellos y no dar pasos atrás, con el fin de que nuestros hijos sean conscientes del cariño y amor que les tenemos pero también de nuestra fortaleza.
Si, por el motivo que sea, no somos capaces de controlar la situación, es conveniente pedir ayuda para evitar que nuestro “pequeño” se convierta en un “pequeño tirano” y nosotros en sus esclavos para hacer lo que él quiere, como quiere y de la manera que quiere. Un “NO” a tiempo es de lo más efectivo.



